sábado, 4 de abril de 2009

Día 10: vuelta a casa

Llegó la hora de volver a casita...por un lado me da pena dejar ese mundo idílico que es Tokyo, con su gente y su orden, la novedad supongo. Pero por otro lado se echa de menos España.


Mi avión sale por la tarde, así que aprovecho la mañana para ir a una tienda "cercana" a comprar enredor para gastar mis últimos Yens. La tienda está algo alejada de la residencia, pero voy andando y confío en mi sentido de la orientación; hice bien, logré encontrarla a pesar de las dudas de Elena y de su insistencia en dibujarme un mapa o llevarme el iPod, jaja, a un español y extremeño como yo no nos hacen falta esas tecnologías para orientarnos le digo.


A la vuelta comemos y nos vamos de camino a la estación, pues se tardan casi dos horas en llegar ya que hay que cruzar todo Tokyo. Ella me acompaña hasta Shinjuku y de ahí tomo un tren que me lleva directo al aeropuerto.


Eso creía, y estaba convencido de ello, pero después de casi dos horas montado y no ver el final de la línea, empiezo a dudar y a ponerme nervioso...y encima, no veo a nadie con maletas y con pintas de extranjero, que eso es siempre un buen indicativo.


Así que decido bajarme en una esatción y preguntar a un guardia. Efectivamente voy en el tren correcto, sólo quedaban 3 estaciones...en fin, es bueno asegurarse y tengo tiempo de sobra.


Al llegar al aeropuerto están parando a la mayoría de la gente y registrando el equipaje, como a la entrada; les enseño, el pasaporte, me sonríen y me dicen que pase.


Y después poco más que contar...facturar maletas, esperar en zona de embarque, montar en el avión, etc, etc. Aprovecho para pasear por el aeropuerto de Narita.


Me dicen al facturar que no puede ser ventanilla, pero que es en el asiento de la salida de emergencia...me imagino que eso siginifica que hay más espacio para las piernas, y efectivamente delante de mi asiento no hay nada, unos dos metros de espacio para poder estirarse.


Mis compañeros: un empresario francés y una mujer japonesa. El viaje, como el anterior, algo pesado pero no demasiado, me duele el culo de estar sentado y de vez en cuando te levantas para dar una vuelta. Se agradece la pantalla con juegos, series y música, pero decido dormir con ayuda de los tapones y el cubre ojos ese que te dan.


En París no es mucho tiempo de espera, pero al ser muy temprano, las 4:30 de la mañana, no hay casi nadie por el aeropuerto, da una imagen de abandono un poco extraña. Cometo el error de intentar ser simpático y me tengo que tragar una larga conversación con un señor francés y su señora que vienen de la Polinesia de visitar a su hija, que está allí trabajando...la crisis, el precio de los billetes de avión y otras cosas son el tema de conversación.


Por fin aparecen agentes del aeropuerto para abrir la zona por la que debemos pasar. Paso a la zona de embarque y cuando llego no hay nadie que vaya a Madrid. Es una sala de espera muy pequeña en una zona a la que se accede bajando unas escaleras. Pero al rato aparece más gente y nos juntamos unos 20 españoles y extranjeros con destino a la capital española.


Llegada a Madrid, del aeropuerto a la esatción de buses...he tenido suerte con las combinaciones y los ratos muertos no son muchos. Como algo, un paseo por la esatción y al bus que me lleva directo a casa.


Y final de la aventura, me gustaría volver a Tokyo sin duda, así como tratar de visitar otras ciudades japonesas como Hiroshima y Kyoto. Espero poder volver algún día...

Día 9: Disneyland Tokyo

Último día en Japón, última visita. Hemos decidido acudir al parque Disney de Tokyo, que fue el primero que se construyó después del americano, por supuesto...mis espectativas eran muy buenas, quizá demasiado buenas, y por eso me decepcionó un poco.


Elena nunca había estado y Hiroko había ido hacía mucho tiempo, así que perfecto. Quedamos directamente con ella en la estación de tren que está a la entrada del parque, a eso de las 10 de la mañana, lo cual quiere decir que tendremos que salir de "casa" a las 8:30 por lo menos.


El día está algo nublado y frío, pero eso no nos quita las ganas de entrar en el parque y empezar a disfrutar de las atracciones. Por suerte no hay mucha cola, para ser Tokyo, aunque la entrada no es barata.


Una vez dentro, ya con nuestro mapa, empezamos a trazar una ruta que nos permita ver todo. Gracias al tiempo algo desfavorable no hay mucha cola en las atracciones. De vez en cuando chispea y hace algo de frío, pero no llega a ser desagradable.


Empezamos en el sentido de las agujas del reloj a visitar tiendas y atracciones, el diseño es muy similar al de París, y me imagino que el de Orlando será poco más o menos. En general el parque me defraudó porque las atracciones no duaraban nada; y cuando digo nada quiero decir menos de dos minutos de reloj...se nota que está pensado para una ciudad como Tokyo, masificada. Y para colmo, no hay ninguna atracción que resulte especialmente excitante. En definitiva, muy al estilo japonés y de una ciudad como esa: atracciones normalitas y de corta duración, para poder atender a todo el mundo. Y parece ser que los nipones se asustan con facilidad.


El Space Mountain, que se supone es la máxima atracción del parque, te queda a medias...cuando crees que empieza la acción, se acaba. Eso te permite montar varias veces en todas las atracciones, pero no sé...no me gustó mucho la verdad.


Ya a media tarde cansados de haber andado por todo el recinto y tras haber probado todas las cosas, decidimos volver. Además me gustaría dejar preparada la maleta para la salida del día siguiente, la vuelta a casa.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Día 8, Lunes: vuelta a Akihabara e Instituto Cervantes

Me levanté a eso de las 10, cansado como siempre y voy a la estación de Fuchu; allí cojo el tren hasta Shinjuku y luego de nuevo a Harajuku. Voy solo porque Elena tiene clase, y con Hiroko he quedado por la tarde a las 16 en el Instituto Cervantes. Mi idea es volver a la tienda donde compré unas cosas para unos amigos que me las habían encargado, pero he decidido comprar más, porque a mi hermano aún no le había comprado nada, estaba esperando ver algo que molara, pero nada. Así que vuelvo allí, compro más regalos, y pongo rumbo a mi próximo destino: Akihabara. Quiero pasear tranquilamente por la ciudad de los electrodomésticos para ver si veo algo interesante y comprarlo.



Paseo por allí durante un buen rato, alucinando con las cosas que había. Veo muchos aparatos que aún no se venden en Europa, y los precios no son ni muy caros ni muy baratos, lo cierto es que valen más o menos lo mismo. Tras muchas vueltas y muchos paseos, compro un disco duro portátil por algo menos de lo que valen en España; no es mucho, pero ya que llevo todo el día por allí, por lo menos que me vaya con algo en las manos. Como un kebab en un puesto ambulante que veo por allí y después pongo rumbo al Instituto Cervantes. En la estación pregunto a una chica que resultó ser muy amable, y cuando montamos en el tren y vamos hablando, un señor se nos acerca y me pregunta que de dónde soy: le digo que español, y me sorprende diciéndome que habla un poco de español; por desgracia, llego a mi destino y me tengo que bajar, pero me puse contento de encontrar por fin alguien que hablara mi idioma.

La chica se baja del tren conmigo, me acompaña hasta el andén, espera a que me suba en el tren, y cuando me monto, me dice adiós con la mano mientras sonríe, y se da la vuelta en dirección a otro tren…no me sorprendió tanto porque Elena ya me había avisado de este tipo de conducta, pero es curiosos verlo en directo.

No me cuesta mucho encontrar el Instituto Cervantes: sabiendo el nombre de la calle y viendo un mapa veo que está a dos manzanas de la estación; además, nada más salir de ésta hay un cartel con un callejero donde aparece explícitamente el Instituto Cervantes marcado…llego antes de la hora, unos minutos, así que entro en el edificio y curioseo por la tienda y por una exposición de cuadros que había. Pregunto, pero por desgracia la biblioteca está cerrada ese día. Es ahí donde se suele mover el tema de búsqueda de gente para intercambio de idiomas y eso.


Al poco, estoy esperando en la puerta y veo aparecer a Elena. Me dijo que tenía clase, pero se excusa diciendo que era solo una hora y que no tenía ganas, así que decide unirse a nosotros. Al poco aparece Hiroko y charlamos un rato, para después decidir ir la zona de Shinjuku a pasear. La idea es verlo de noche, para ver su transformación. Gente por todas partes, como siempre, pero también mucho anunciante de bares y “centros de relax”, algo así como clubes nocturnos o de strip-tease. Curioseamos en una local de ocio lleno de maquinitas: ruido y colores por todas partes, chavales adolescentes viciados en las consolas entre luces brillantes.

Vamos a cenar a un sitio que Elena nos recomienda, del cual posee una tarjeta de descuento entre otros motivos. Bebemos cerveza japonesa, que no está nada mal como ya me habían dicho, y también pruebo más cosas japonesas, como el famoso Ekonomi Yaki o algo así, que es como mini pizzas estilo japonés. También como las famosas legumbres que son el juego del EMAME, pero no recuerdo el nombre: son como judías verdes alargadas, a las que presionas por uno de los laterales para sacarles el pipo que llevan dentro, que es lo que se come. El sushi tampoco faltó, claro está.



Después de la cena, nos vamos a casa, no sin antes quedar para el día siguiente, que teníamos pensado ir al Disneyland Tokyo. Quedamos con Hiroko y nos despedimos hasta el día siguiente.

Día 7, Domingo: Yoyogi Park y Shibuya

Este día nos levantamos en casa de Yutaka, el señor que nos había acogido después de la fiesta karaoke del día anterior. Nos sirvió una especie de sopa que se supone era buena para la resaca, aunque lo cierto es que yo al menos no tenía mucha, pero como estos orientales tienen menos tolerancia al alcohol, pues no sé.

Después nos vamos a “casa”, y como Elena seguía con la garganta mala, se queda y yo decido ir solo por ahí, no creo que tenga problemas porque siempre se puede preguntar a alguien; además, en el supuesto de que me perdiera, eso sería una interesante experiencia para mí. Pero por desgracia eso no pasó. Se me olvidaba decir que Hiroko estaba ocupada ese día y no podía venir conmigo.

Después de ducharme salgo de casa hacia Fuchu, como siempre, en dirección a Shinjuku. Mi idea es intentar ir a la estación de Harajuku, que es la que está la lado de Takeshita Dori y del Parque Yoyogi, donde se reúnen los frikis vestidos de cosas extrañas y muchos turistas van allí para hacerles fotos. Tampoco he paseado por el Parque Yoyogi, y parece ser que, cómo no, hay un templo. Si puedo daré otra vuelta por allí y supongo que se me echará el tiempo encima, así que entre eso y volver a casa tendré el día hecho.

A la primera logro acertar, y cuando me bajo del tren me sorprendo del cambio de ver esa zona durante la semana, a verla un fin de semana. El cambio es brutal, hay gente por todas partes, y efectivamente muchos de ellos esperan en la estación y sus alrededores vestidos de forma extraña. Algunos están en grupos y otros solos, como esperando a más de su “especie”. A pesar del bullicio de los alrededores de la estación y de Takeshita Dori, sigo sin desprenderme de esa sensación de orden. El agobio de la gente es algo que no se deja sentir en Tokio, a pesar de su población. Una de las entradas del parque, la que está más cerca de la estación de Harajuku, está llena de frikis vestidos principalmente como personajes de juegos de rol, una mezcla entre góticos y algo mágico, muy curioso; también hay chicas vestidas con trajes del estilo de cuentos de hadas, así como con trajes de animales…la verdad es que muy divertido, ellos a su bola, charlando con su gente, mientras cientos de turistas les hacen fotos. De hecho, ese día y en ese lugar es donde pude ver la mayor concentración de occidentales de todo Tokio.

Luego decidí ir a ver ese templo del parque, así que seguí el camino que llevaba toda la gente, hasta que di con él. No le vi nada especial, otro templo más, solo que en medio del Parque Yoyogi. Después decidí volver al mismo lugar por donde había entrado, pero dando un rodeo por medio del parque para poder pasear por su naturaleza; acabé en el lugar donde se reúnen los frikis nuevamente, y decidí ir a otra entrada que había cerca, donde me dijeron que se reunían los frikis de los años ’60. No me decepcionó: al llegar, veo dos grupos de 6-8 personas que están vestidos al estilo de las pelis americanas de los años ’60, como Elvis Presley y esa gente, bailando al ritmo de las canciones de aquellos momentos lógicamente. Me entretuve un rato mirando, hice algunas fotos y grabé algún vídeo, y decidí que ya era hora de ver otra cosa.

Miro el mapa que tenía y veo que relativamente cerca queda el famoso paso de peatones múltiple de Shibuya, así que nada, pongo dirección a tal punto y me pongo a andar. En menos de media hora llego y presenció el curioso evento de ver la carretera llena de coches pasando en todas direcciones, y cuando el semáforo se pone en rojo, una marea humana en sentido literal invade el asfalto en todas direcciones…da la sensación de que se van a chocar y que la gente saltará por los aires como si de olas de mar se tratase, pero no, ves que todo el mundo encuentra algún hueco para meterse y alcanzar la otra orilla de la acera. Me moló bastante a pesar de la caminata. Decido volver para ir a Ginza, Elena me recomendó que fuera, y como veo que tengo tiempo me arriesgo a intentar ir allí. Vuelvo andando hasta Harajuku, y al lado veo la estación de Meiji-Jingu-Mae, que lleva hasta Hibiya.

Antes de meterme en la estación, pregunto a una chica que había por allí y que tenía al lado. Mira el mapa, y para variar, a pesar de ser japonesa, no está segura; ni siquiera los propios japoneses saben muy bien dar indicaciones en el metro, pero es que con tanta línea y tanta estación es comprensible. Mira en internet con el móvil, pregunta a otra chica, se mete en una tienda, sale, vuelve a irse y desaparece de mi vista…me quedo un poco extrañado, pero bueno, me pongo en la cola para sacar el ticket, y de repente aparece de nuevo y me dice que sí, que es esa estación y el importe…me quedé flipado en ese momento, nunca he visto tanta dedicación a la hora de ayudar a alguien!

Voy a Ginza y doy un paseo por allí. Me da algo de vergüenza pasear con mis deportivas y mi mochila entre tanta tienda de lujo, cochazos y gente bien vestida, pero bueno, soy un turistas y todo me resbala en el fondo. De todas formas, ya se ha hecho de noche y estoy bastante agotado, así que me doy la vuelta y decido retomar el camino hasta casa.

Al llegar a Fuchu, cerca de la estación veo un puesto de Tako Yaki, así que como tengo algo de hambre decido comprar dos, uno para Elena y otro para mí. Además, ésta me había dado la llave de su bici para que al volver la recogiera del aparcamiento de bicis y se la llevara; se dice pronto, pero me costó bastante localizar su bicicleta entre cientos de ellas muy similares. Aunque no fue imposible, la localicé y volví a casa con la bici, la cena y un cansancio de narices.

domingo, 1 de febrero de 2009

Día 6, Sábado: Ramen, Yokohama y Karaoke

No sé si por el jetlag o por estar todo el día andando, pero siempre estoy cansado, y por más que duermo no me quito esa sensación...
Sobre las 11 me despierto y me dirijo hacia la estación de Fuchu, pues he vuelto a quedar con Hiroko en Shinjuku. Hemos quedado a la una, pero como cojo el tren equivocado, llego a la una y media, porque éste hacía más paradas que el que solíamos coger normalmente. Lo malo es que esta vez no tenía el teléfono de Elena, porque lo necesitaba, para poder avisar de que llegaba tarde; sé que a la gente japonesa le molesta muchísimo la impuntualidad, aún cuando crees que puede estar justificada.

Recuerdo una curiosidad que en España probablemente generaría muchos conflictos: es de mala educación y no está permitido hablar con el móvil en los vagones del tren, metro o en sitios cerrados; cuando a alguien le suena el teléfono, se baja del vagón para poder hablar. De hecho, los carteles anuncian que por favor se apague el teléfono cuando se esté cerca de personas mayores o embarazadas. Muy lógico, pero seguro que aquí la gente no lo entendería.

Salimos a la calle y paseamos por la zona de Shinjuku buscando un lugar donde comer otra cosa típica de allí, que es el Ramen, que básicamente se trata de unos tallarines que se sirven en un cuenco con una sopa y algo de acompañamiento, a elegir. Localizamos un sitio y me llama la atención su sistema de pago y de servir: fuera del establecimiento hay una máquina donde aparecen los platos disponibles; tú seleccionas el que deseas e insertas el dinero correspondiente, obteniendo así un ticket. Entras en el local, das el ticket a uno de los camareros y ya saben lo que tienen que prepararte, ahorrando así el tener a alguien que cobre y una caja con dinero en el establecimiento…me parece un sistema bastante interesante.
Entramos, y nos dicen que vayamos a la parte de arriba, porque abajo está lleno. Nos sentamos en una especie de taburetes sin respaldo y anclados al suelo; se trata de un sitio donde la gente va para comer algo rápido, porque aunque no se está mal, no es un lugar para alargar la comida. No está mal el plato este, pero tampoco le veo nada especial, simplemente una sopa con tallarines y carne en mi caso, pero nada más. Otra cosa curiosa es que los hombres cuando comen hacen ruido al sorber los tallarines o cualquier otra comida, cosa que para nosotros sería intolerable, pero no está mal visto aquí, así que hago como que no me importa y sigo a lo mío. Tampoco es caro, unos 6-7 € un plato de Ramen con el que quedas satisfecho, bebida incluída.

Paseamos un poco más por Shinjuku y nuestro siguiente destino es Yokohama, donde visitaremos el famoso barrio chino que hay en la ciudad. Aprovechamos una oferta que hay de ida y vuelta por unos 860 yens creo recordar, y nos vamos. Como se tarda algo más de una hora, decido dormirme en el tren, algo frecuente entre los japoneses. Todo el mundo en el tren va, o bien dormido, o bien enredando con el móvil/iPhone/reproductor de mp3, aunque algunos también van leyendo, pero eso sí, cada uno a su bola.

Elena sigue pachucha, así que después de clase ha decidido quedarse en casa, descansando; además, esa misma noche hemos quedado con unos amigos suyos para salir a cenar y luego ir a un karaoke, así que quiere estar recuperada para la noche. Hacemos una primera parada en una estación donde hay un centro comercial inmenso, de tres plantas, ya en la ciudad de Yokohama. Desde uno de los miradores se ve una noria gigantesca que pertenece a un famoso parque de atracciones que hay allí, pero como tenemos pensado ir a Tokyo Disneyland, no nos hemos interesado por este otro. Volvemos al tren, y proseguimos hasta el final de la línea, y por fin llegamos al barrio chino de Yokohama.

Es muy bonito, muy bien decorado hasta el último detalle de cada elemento del barrio, todos los edificios presentan la arquitectura típica china con sus elementos brillantes y llamativos, tallados muy elaborados en madera, quizás demasiado cargados para nuestro gusto occidental, pero muy auténtico. Las calles están llenas de gente, pero como podemos nos movemos por las calles y visitamos un pequeño templo. Está todo lleno de bares y tiendas; probamos algo típico de allí, que son zumos de frutas que llevan tapioca en el fondo, son como unos pipos del tamaño del hueso de una aceituna, blandos y sin sabor, pero llenan bastante el estómago.

Después nos acercamos al paseo marítimo, en parte también para hacer un poco de tiempo porque luego hemos quedado con Elena para la “fiesta” con sus amigos; hemos quedado en la estación de Kawasaki, tanto con Elena como con sus amigos posteriormente. Aunque se trata de otra ciudad, se encuentra pegada a Tokio, por lo que no hay diferencias en cuanto a estar en un sitio u otro, y las comunicaciones son muy buenas mediante tren y metro. Nos vamos yendo a la estación y llegamos con tiempo para esperar; aunque está hasta los topes de gente, no será muy difícil identificar entre tanto oriental a una chica rubia con un abrigo rosa, imposible no verla. Al poco llega, y damos una vuelta por el centro comercial anexo a la estación para hacer tiempo hasta que aparezcan sus amigos.

Cuando vamos al punto donde hemos quedado nos encontramos con un grupo numeroso de personas, más de lo que esperaba, y no recuerdo los nombres de todos: un chico autraliano llamado Mark, con su novia (una chica china cuyo nombre no recuerdo); un chaval canadiense, una escocesa y una inglesa (Claire); cuatro chavales japoneses (Takeshi, Yutaka, Tomokazu y no recuerdo cómo se llamaba el otro) y dos chavalas japonesas. A ese grupo nos unimos nosotros, y nos vamos hacia el restaurante donde íbamos a cenar.

Mark y el canadiense están aquí dando clases de inglés, y algunas de las personas que acompañan son antiguos alumnos suyos; la chica escocesa trabaja en algo relacionado con el cuidado de niños pequeños, y la inglesa no recuerdo. La novia de Mark, la chica china, da clases de chino, y al menos uno de ellos (Tomokazu) es alumno suyo.

El restaurante está cerca de la estación vamos andando hasta allí, y al llegar nos descalzamos como en tantos otros lugares, guardando nuestros zapatos en unas consignas con llave. Nos sentamos todos en una mesa alargada y nos van trayendo la comida y las bebidas: degusto algunos platos japoneses, aunque también hay elementos de la comida europea como patatas fritas. Por fin pruebo la cerveza japonesa, aunque solo una marca concreta, y encima ni me acuerdo del nombre. Todo muy bueno, y el ambiente agradable porque con tanta gente diferente había tema de conversación para rato, pero llega el final y nos vamos al karaoke.

También vamos andando, porque está cerca, y tengo la oportunidad de probar un auténtico karaoke japonés. Es un bar de varios pisos, con compartimentos separados para cada grupo o persona que desee acceder a los servicios del establecimiento; al entrar de nuevo nos descalzamos y en esta ocasión nos prestan unas zapatillas. Te dan un micrófono y te asignan una de esas habitaciones, donde hay una mesa y sillones por todo el lateral de la habitación. También te dan un libro bastante grueso con las canciones que hay, y el mando para manejar el sistema, cambiar de canciones, etc.

Lo veo como muy íntimo, para lo bueno y para lo malo, estás tú solo con tu gente, en lugar de mezclarte con todo el mundo en una gran sala, quizás debido a que los japoneses en general son bastante tímidos y este sistema va más con su forma de ser. En cualquier caso, me lo paso bien, aunque de cantar nada, pero bueno, hemos comprado bebidas y algo de comida para hacer algo parecido a lo que serían un botellón a pequeña escala. Sin embargo, alrededor de las 12 de la noche se nos acaba, porque se reserva por tiempo, así que nos vamos a casa. No me hubiera importado trasnochar y poder ver una discoteca japonesa, pero también agradezco el poder ir a descansar a alguna parte. Como ya no hay trenes que nos lleven a casa, tenemos que quedarnos a dormir en la casa de un amigo de Elena, un señor japonés llamado Yutaka.

Nos despedimos todos y cada uno va para su casa, nosotros con este señor. Después de varias estaciones, nos bajamos y vamos andando unos 15 minutos por un barrio que me imagino sería de las afueras, hasta que llegamos a un bloque de pisos y allí es. Su casa es similar a la del hermano de Hiroko, pequeñas, acogedoras, prácticas…Nos presta dos futones y unas mantas, y a dormir. Es corriente en Japón, fruto de ese sentido práctico, que duerman en la misma estancia que durante el día es el salón comedor o la sala de estar; por la noche ponen una colchoneta en el suelo y duermen, mientras que por el día la retiran y queda todo libre. Si lo piensas es práctico, y cuando hay que ahorrar espacio, es una buena idea.

Pues eso, todos al suelo, ponemos la tele un rato para que entre sueño y a dormir, que mañana será otro día.

martes, 27 de enero de 2009

Día 5, Viernes: Akihabara, Ueno, Asakusa y takoyaki casero

Hemos quedado de nuevo con Hiroko, para que nos acompañe en un nuevo día de visitas por Tokio. Más que hacer de guía, su función es de acompañamiento y traducción, porque como ya dije, lleva mucho tiempo fuera de Tokio, y hasta Elena se mueve mejor por la ciudad que ella, pero es comprensible porque estamos hablando de una ciudad grande; por mucho tiempo que yo pase fuera de Trujillo, no creo que me pierda al volver…

Pues eso, quedamos con ella en Shinjuku y nos vamos en dirección a Akihabara, la famosa ciudad de los electrodomésticos y la electrónica. Creo que esto debe ser lo más parecido al paraíso para los frikis, cientos de tiendas de electrónica, videojuegos, informática y todo lo relacionado con esos mundos, todas seguidas unas de otras y con una oferta inmensa de ordenadores (normales, portátiles, miniportátiles…), cámaras de fotos, consolas, muñecos de los videojuegos, de los cómics, copnsumibles informáticos, etc. Los precios no son más bajos que aquí, salvo algunas excepciones, pero sí que puedes encontrar cosas que aquí llegarán dentro de meses o incluso años, y allí ya los tienes. Yo compré una tarjeta SD de 2 gigas por unos 5€, que me parece bastante barato.
Seguimos andando por la gran avenida principal del barrio de Akihabara y llegamos al Parque Ueno, bastante frecuentado por japoneses (quizás por ser viernes) y creo que de los más conocidos de la ciudad. Había mucho ambiente, mucha gente paseando con niños y con bicis. Llegamos a una explanada donde hay un señor vestido como de payaso haciendo figuras con globos, ante el asombro de niños y mayores que no parpadean mientras el señor los hace y habla de cosas que supongo que serían graciosas, porque de vez en cuando la gente se ríe…nosotros (Elena y yo), como no entendemos nada, lo único que podemos hacer es sonreír con cara de idiotas y seguir mirando…

Vemos en un rincón unos arcos de color rojizo que llaman nuestra atención, los típicos que hay en los templos, así que nos alejamos del espectáculo y nos adentramos por un sendero que desciende ligeramente entre arcos rojizos como el de la entrada, con caracteres japoneses de color negro, y árboles que incluso tapan el cielo…llegamos a un pequeño templo, el templo Toshogu, escondido dentro del propio Parque Ueno, pero un rincón muy agradable. Una vez más, me doy cuenta de la gran paz y tranquilidad que ronda estos templos, como si se creara una burbuja que hiciera que todo el ruido y polución de una de las mayores ciudades del mundo no pudiera acercarse a esos lugares de culto. Después de las fotos de rigor, volvemos a la explanada donde estaba el señor de los globos, que cuando llegamos ya está recogiendo los trastos: fin de la función.

Seguimos andando y llegamos a otra explanada más arriba, donde unos malabares al parecer chinos (según nos comenta Hiroko, porque yo no los habría diferenciado), se preparan para actuar; pero no tenemos tiempo, tenemos otras cosas en la agenda así que no nos detenemos. Queremos ir a Asakusa, otra zona conocida por sus mercados de abasto y tiendas.

Coincidimos por la zona con la salida de los niños de un colegio, y es divertido verles vestidos con sus uniformes y sus gorros raros, todos iguales como en las pelis de miedo…de hecho, incluso las callejuelas me recuerdan a las pelis de terror ambientadas en Japón, y siempre me imagino que en cualquier momento puede salir de detrás de un seto una niña con mirada terrorífica o cualquier otra movida, pero por suerte eso no llegó a pasar nunca. Pasamos también al lado de un cementerio, y Elena comenta que no dan mucho miedo…Hiroko sin embargo piensa que sí, pero que los cementerios europeos no le dan tanto miedo. Miro por las rejas que rodean el recinto y veo que hay una especie de lápidas de mármol o materiales similares, rectangulares y de tamaño no muy grande, y detrás de las mismas uno palos de madera que acaban en forma redondeada, como los de los polos pero de mayor tamaño, con cosas escritas en japonés; no veo imágenes de santos ni vírgenes como en Europa, sólo letras…

Andamos, andamos y andamos, nos alejamos de lo que es la ciudad porque nos metemos en una zona de callejas estrechas casi sin gente, menos mal que es de día, porque si no el ambiente sería como para grabar una peli de miedo. Después de caminar sin rumbo por ese mini-poblado dentro de Tokio, decidimos que es mejor preguntar: ahí es cuando Hiroko entra en juego, y vemos a una señora vestida de kimono y con los típicos zapatos de madera (no creo que sean cómodos, pero bueno). Le pregunta, habla con ella y le da unas explicaciones que implican dar la vuelta deshacer todo lo andado hasta ahora…vamos allá.

Vamos caminando ya en la dirección opuesta, y tras varios minutos de escuchar de fondo un sonido parecido al de los cascos de un caballo, me doy cuenta de que desde que vine no he visto caballos, y menos andando por Tokio!! Así que me doy la vuelta y…la señora que nos había dado las indicaciones viene “corriendo” detrás de nosotros desde hace un rato. Entre que tenía que ser mayor y esos zapatos tan peculiares, íbamos más rápido nosotros andando que ella “corriendo”. Menos mal que me dio por mirar para atrás. Resulta que se había equivocado en las indicaciones, y por eso llevaba media hora detrás de nosotros, para corregir su error…”joder”, pensé. Eso sí, en ningún momento se le fue la sonrisa de la cara.

Por fin llegamos a Asakusa. Allí callejeamos curioseando por las tiendas, sin duda es todo un entretenimiento que da para mucho tiempo, observar el género que se vende en estas tiendas. Todo cosas rarísimas, relacionadas sobre todo con el pescado; a ello hay que sumarle que no entiendo nada de lo que pone en las etiquetas, pero mejor, eso le da un toque de autenticidad inigualable. De nuevo compruebo la fascinación de los japoneses por el mundo de las zapatillas. Allí buscamos un bar de sushi, para experimentar algo típico; encontramos un local de estos donde la comida va montada en unas cintas y los platos van girando por toda la mesa, para que los clientes vayan cogiendo lo que deseen, y en función de los platos que hayan cogido, así se cobra: lo que es un “Sushi Bar” de toda la vida, vamos.

Tenemos que esperar un poco porque está lleno, pero enseguida podemos sentarnos. Cojo mis palillos y como puedo me pongo a comer pescado crudo; no se me da mal la verdad, pero donde estén el cuchillo y el tenedor…que se quiten los palillos. Lo del pescado crudo tampoco está mal, pero prefiero echarlo en la sartén con un poco de aceite de oliva, jeje, pero bueno, estamos en Japón así que “donde fueres, haz lo que vieres”. El sushi se coje, se moja en la salsa de soja (a la que opcionalmente se echa un poco de washabi) y se come; la salsa es de sabor fuerte, y una vez más echo de menos esos sabores auténticos que se pueden degustar en España, sin necesidad de salsas ni nada. No recuerdo exactamente el precio, pero no era caro. Se dice que Japón es carísimo, pero no creo que sea así; el transporte sí, pero en cuanto a la comida y los objetos de uso cotidiano, no veo que sea tan caro, de hecho las cosas valen más o menos igual. Un ejemplo tonto son las latas de máquina: en España es raro el sitio donde valen 1€ o menos, normalmente son 1’5 o 2€; aquí en Tokio las latas de máquina valían 120 yens, que es 1€…y así sucede también con otras cosas. El transporte como digo sí que es caro, y después de echar cuentas, aproximadamente la mitad del dinero que llevé se ha ido en eso precisamente.

Después del Sushi Bar, salimos y seguimos callejeando por allí, pero ya en dirección a nuestro nuevo destino: el Templo Sensoji. A este destino le precede una larga caminata por las calles de Tokio, fuera de zona turística, así que autenticidad máxima de la visita. No obstante, no se aleja mucho de lo que son las zonas turísticas, la única diferencia es que no te cruzas con ningún occidental. Veo muchas tiendas de motocicletas, pero me llama la atención que aún se venden ese tipo de motos de estilo antiguo, con un sillón alargado donde cabrían 3 y hasta 4 personas; aspecto retro pero construcción moderna, estas no me suena de verlas por España. También pasamos por la famosa Calle Kappabashi Dogugai, llena de tiendas que mezclan todos los estilos: tiendas de tipo oriental, japonesas o chinas, así como de objetos retro del estilo de EEUU en los años ’60. Muy curioso y entretenido, una opción muy buena para comprar regalos, porque puedes encontrar objetos realmente extraños y únicos.

Pero finalmente, tras la gran caminata llegamos al Templo Sensoji. Quizás por ser viernes o quizás porque es el templo más antiguo de Tokio, pero está lleno de gente, y aquí sí que vemos bastantes turistas occidentales. Antes de llegar al templo, nos encontramos con un grupo de 3 o 4 chavales vestidos de geishas; nos paramos a mirar y hacemos algunas fotos, y un señor mayor, todo sonriente, se nos acerca y nos hace señas como de que nos pongamos al lado de una de las “geishas” para hacernos una foto. Luego Hiroko nos diría que es que se trataba del padre del chaval, y que le habíamos llamado la atención por tener el pelo de color claro, y quería hacernos una foto.

Llegamos al templo y como dije, lleno de gente. Ahí es donde recé por primera vez en un templo, ritual que ya expliqué en la entrada del día anterior. También allí realizo el curioso ritual de tratar de esparcir el humo de una especie de incienso por mi cabeza; en frente del templo hay una especie de fuente donde en lugar de agua hay tubos de incienso clavados en tierra, humeando para que la gente realice ese ritual…en fin, cada uno interpreta la religión como quiere, supongo. Vamos hasta el final de la “calle principal” del recinto donde está el templo, mientras curioseamos por las tiendas que hay a su alrededor; es la primera vez que veo tiendas dentro del recinto de un templo, y me acuerdo de la historia bíblica de cuando Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo de Jerusalén…es como vivir en el pasado!!

Se va haciendo de noche, y lo más importante, hay hambre. Y más sabiendo que nos espera una cena en casa del hermano de Hiroko, con takoyaki casero y quién sabe qué más. Así que nos encaminamos hacia la casa de éste, lógicamente guiados por Hiroko. Tenemos que ir en metro porque está lejos, y ya hemos andado bastante. Llegamos y vive en un cuarto piso de un edificio de aspecto normal, aunque no recuerdo haber apreciado muchas diferencias entre unos edificios y otros, no como ocurre en España, donde ves edificios modernos y viejos, pero aquí todo es moderno. Nos descalzamos como es costumbre y vamos al salón. Es un piso pequeño, dos habitaciones, comedor-cocina-salita de estar (todo en uno) y un baño (ducha y retrete en estancias separadas). Voy al retrete y de nuevo compruebo que la parte para sentarse en el inodoro está calefactada…una vez más pienso para mis adentros “esto es el futuro”.

El hermano vive con su mujer y una hija pequeña, creo que tenía 8 años o así. Nos preparan unos takoyaki caseros, que ya expliqué anteriormente lo que era, mucho mejor que los que había probado hasta la fecha y que los que probaría en el futuro. Otra comida típica que pude probar es Nave, aunque no sé muy bien cómo se escribe. Es una cazuela que se calienta y en su interior hay una sopa donde se van añadiendo verduras, pescado y carne de cerdo, que se cuecen al tapar dicho recipiente. No está mal, es como una sopa, pero algo insípido, no me llama la atención mucho; el takoyaki sin embargo sí que me parece mucho mejor. Para beber sake, primero frío y luego caliente…no sabría decir cómo está mejor, en ambos casos me gusta, aunque su graduación es muy poca. Y para concluir, unos pasteles que hemos comprado y un café, muy aguado y sin azucar ni nada, pero parece ser que es así como se bebe aquí.

Después de la comida, jugamos un poco con la pequeña porque lógicamente está algo alterada por esta visita internacional. Nos enseña algunos de sus juguetes y después de un rato es hora de irse yendo a casa, que no se tarda poco en llegar, posiblemente más de una hora desde donde estamos. Así que les manifestamos nuestro agradecimiento, y tras mil reverencias nos despedimos y nos vamos a casa. Hiroko se queda por el camino, pero a nosotros nos queda otro trecho hasta Fuchu.

Día 4, Jueves: Jardines Imperiales, Tokyo Tower y Yasukuni

Mi segundo día en la tierra del sol naciente; Elena está algo pachucha con dolores de garganta desde que llegué, así que esa mañana decide quedarse en casa…el problema es cómo hago yo para moverme sólo por Tokio. Menos mal que Hiroko tiene tiempo libre para poder estar conmigo y guiarme, aunque ella también lleva mucho tiempo fuera de su ciudad y está más perdida incluso que Elena, que se mueve mejor que ella por la ciudad. Lo único en lo que Hiroko tiene ventaja es en el uso del idioma, cosa que yo no tengo en absoluto, si bien Elena se defiende bien.

Después de ducharme y de haber quedado con Hiroko en la estación de Shinjuku, salgo en dirección a la estación de Fuchu; puede sonar algo raro el hecho de quedar en esta estación siendo tan enorme, pero es la única manera de no perderme yo, porque si tengo que coger cualquier otra línea en Shinjuku, seguramente me perdería. Hemos quedado en que Hiroko me recogerá en el andén del tren en el que llegaré desde Fuchu, así que no hay problema. Además, Elena me ha dejado su iPhone por si acaso tengo que llamar o mandar correos.

Lo del iPhone es una pasada, aunque en España me parece que sería un poco absurdo; viene muy bien en ciudades grandes donde existen muchos tiempos muertos mientras vas de una parte a otra, o donde puedes perderte y en ocasiones necesitas información al momento sobre direcciones y horarios. La batería se gasta rápidamente, probablemente por la pantalla táctil y eso, pero la verdad es que mola eso de poder estar conectado 24 horas; otra curiosidad es que en Japón suelen enviar correos electrónicos en lugar de SMS por tratarse de algo más fiable dicen, ya sea con iPhone o móvil convencional, todos están conectados a internet.

Llego a Shinjuku y efectivamente allí está Hiroko esperándome; siempre lleva ropas muy cuidadas y muy…no sabría cómo decirlo, pero no solo es ella, sino que todas las japonesas van siempre muy bien arregladas en el tema de la ropa y zapatos; no llevan maquillajes en exceso, pero siempre cuidan al detalle la imagen, supongo que por cuestiones de tradición y eso. Hay que decir también que es divertido ver la forma de andar de las japonesas, se ha convertido en todo un entretenimiento desde que llegué y me lo comentó Elena. No sé el motivo, pero no suelen ser, en general, muy habilidosas con los tacones, e incluso con zapatillas normales, andan de forma extraña…¿será por los pies pequeños?

Vamos a los Jardines Imperiales, por suerte el día está despejado y aunque no hace calor, se está bien en la calle. Desde la estación hasta los jardines puedo contemplar una de las zonas de negocio de la ciudad, todo lleno de edificios muy modernos y grandes rascacielos. Me impresiona porque es la primera vez que veo edificios tan altos y que paseo por las calles de una gran ciudad con rascacielos; aunque he viajado bastante por suerte, nunca he estado en una ciudad tan grande como Tokio. En los jardines nos topamos con bastantes turistas, y esto lo digo porque no es frecuente cruzarte con occidentales por la calle, sólo en las zonas más turísticas; y cuando ves a alguien occidental te quedas mirando como si fuera un bicho raro. Es entonces cuando te das cuenta de lo raro que resultas tú entre tanto ciudadano oriental, porque realmente tú no te das cuenta, pero cuando ves a alguien como tu…



Después de pasear por los jardines y disfrutar una vez de ese ambiente de naturaleza, tranquilidad y bienestar en medio de una gran ciudad, viendo la combinación de árboles y edificios modernos al fondo, decidimos comer algo por allí. Vamos a una especie de cadena de comida rápida llamada Curry House, y pedimos unos “platos combinados” que consisten en arroz y algo más, porque hay muchas opciones distintas. No es caro, como en España más o menos, unos 1000 yens por las dos comidas y dos bebidas. Después vamos a ver la Tokio Tower, una torre de acero de más de 300 metros, la más alta del mundo parecer ser. No tiene mucha ciencia a parte de eso, así que después de unas fotos nos vamos en dirección a nuestro siguiente objetivo.
Vamos en metro y visitamos el Templo Yasukuni, un lugar bastante frecuentado según me dice Hiroko. Impresiona bastante el tamaño de los arcos y de las figuras que hay allí, todo ello en un camino muy amplio que da una sensación de grandeza al complejo y da una idea de las concentraciones de personas que se pueden formar allí. Llegamos al templo propiamente dicho y Hiroko me dice que va a rezar, así que me doy la vuelta y me voy a curiosear por los alrededores pensando que se trata de algo que lleva su tiempo, como los católicos, con sus plegarias y esas cosas…pero de repente me doy cuenta de que viene hacia mí. Le digo que no se preocupe, que rece lo que quiera y que yo la espero enredando por ahí, pero me dice que ya ha terminado…es entonces cuando me intereso y le pregunto por su forma de rezar: le explico que normalmente los católicos se toman más tiempo para el rezo, porque hay que decir unas plegarias y esas cosas. Ella me dice que lo que se hace es arrojar una moneda de 5 yens a un cajón que hay en la parte delantera del edificio; son 5 yens porque su forma de decirlo, que no recuerdo cómo es en japonés, es similar a la palabra Dios en otro alfabeto, porque como tienen varios…curioso, pero me hace gracia que el centro de todo sea el soltar el dinero, jeje, en las iglesias católicas es opcional. Me dice que también hay que inclinarse dos veces, después hay unir las manos como los cristianos pero con los brazos extendidos y dando una palmada, repitiendo esta operación (la de unir las palmas de las manos dando una palmada) dos veces, y luego, manteniendo las manos unidas, inclinarse dos veces…y ya está, ¡al cielo de cabeza!

Volvemos al metro, en dirección a Iidabashi, la estación que está próxima a la casa de Hiroko, porque vamos a visitar otro templo que está allí cerca y al que ella suele ir con su familia (Templo Kagurazaka); de hecho, está en la misma calle de su casa, un poco más arriba. Es pequeño pero muy decorado, a la entrada hay unos palos finos como barras de incienso, que echan bastante humo; veo que la gente los coge y se los lleva al altar donde se reza y que hacen un además como de intentar envolverse con el humo de esos palos…me llama la atención el ritual, pero creo que por cansancio no le pregunto, no recuerdo bien. Fotos y decidimos que es hora de que regrese, estamos cansados de andar todo el día y se está haciendo de noche, además de que volver hasta Fuchu es más de una hora desde allí.

Hiroko me despide en Iidabashi, porque no me parece bien hacerla venir conmigo hasta Shinjuku y después tener que volverse sola, así que decido jugármela y tener mi primera experiencia de andar solo por el metro y tren de Tokio, y nada menos que en Shinjuku. Cuando llego, de acuerdo con las nociones que me dieron antes de salir, no tengo tantos problemas como esperaba; por suerte tengo buena memoria y recuerdo los sitios por donde he pasado, así que no me cuesta mucho encontrar la “Keio Line”, que es la que me lleva a Fuchu. Las indicaciones de las diferentes líneas están en el techo, solo hay que mirar bien. Luego cuando llegas a la línea que es, lo que hay que hacer es mirar la estación a la que quieres ir para ver cuánto tienes que pagar; esto sólo es un problema cuando los nombres están solo en japonés. En ese caso es una ocasión perfecta para preguntar y alucinar con la educación, amabilidad y disposición para ayudar de los japoneses. Creo que solo tuve que preguntar dos veces, pero ojalá me hubiera perdido más veces porque preguntar a la gente era un placer.

Lo dicho, no me cuesta encontrar la línea que es, pago los 270 yens hasta Fuchu y a esperar. El andén está lleno de gente, porque es la hora de salir de trabajar, pero una vez me deleito con la buena organización y educación de los japoneses, todos esperando en cola de forma ordenada…eso de colarse aquí no existe.

Media horita de viaje y llego a Fuchu, ahora tocan 15 minutos andando. Elena me advirtió de que tuviera cuidado porque ella se perdió la primera vez, pero gracias a que me acuerdo de los lugares por los que pasamos el martes cuando llegué, soy capaz de dar con la residencia a la primera. En la habitación está Elena con una amiga llamada Marina, brasileña (de Sao Paulo), estudiando aquí en Tokio durante un año algo relacionado con los estudios de agricultura o algo así. Charlamos un rato los 3, y cuando Marina se marcha cenamos algo, después me ducho y a descansar.

domingo, 25 de enero de 2009

Día 3, Miércoles: Shinjuku Park, Harajuku y cena japonesa

El miércoles fue el primer día completo en Japón, pero por la mañana Elena tenía clase así que yo me quedé dormido y descansando hasta que ella volvió sobre las 10 de la mañana (hora local; en España serían las 2 de la mañana, 8 horas menos).

Ya me comentó el día anterior que por la tarde quedaríamos con Hiroko, una chica japonesa que ambos conocimos en Praga, cuya familia vive en Tokio. Está aquí unos meses de momento, pero sus planes son irse a España a aprender español en Junio o Julio, para después volver a Praga, donde vive y trabaja su novio y futuro marido…parece que su idea es quedarse a vivir en Praga con él, pero entonces no entiendo de qué le sirve aprender español, pero bueno.


Lo primero que hacemos en coger el tren en la estación de Fuchu para ir al centro, a Shinjuku. Al llegar a la estación, veo que el mapa de las líneas sólo está en caracteres japoneses, así que Elena me dice el importe y compro el billete. El precio del transporte está en función de la distancia que recorres; tú pagas un ticket que sellas al entrar en la “zona de embarque” de los trenes, y luego al salir tienes que volver a sellarlo, pero si el importe que has pagado es menor del correspondiente a esa estación en la que te sales, pues las puertas de salida hacia la calle no se abrirán, y tendrás que pagar la diferencia; si has pagado más, te devuelven el billete y puedes hacer uso del importe que aún te queda por gastar…es un sistema curioso, quizás más justo y eficiente, aunque es más caro que en otros sitios, bastante más.

Llegamos a Shinjuku y descubro por qué es la estación con más tráfico del mundo, según el Libro Guinness; y aunque no cuento a la gente, me parece creíble el dato de los movimientos diarios que se producen allí (en 2007, una media de 3.6 millones de personas al día pasaron por esa estación; de hecho, tiene unas 200 salidas!!). Hay gente por todas partes que va en todas direcciones, pero una vez más me da sensación de orden el hecho de que nadie se choque ni se empuje ni nada raro, cada uno a lo suyo. Es como ver muchos peces en una pecera, o una bandada de pájaros, que nunca se chocan entre sí. No sin dificultades, debido a la gran cantidad de salidas, conseguimos acceder al exterior y nos dirigimos hacia el Parque Shinjuku (Shinjuku Gyoen).

De camino al parque ya voy metiéndome en el ambiente de la gran ciudad de Tokio, con carteles por todas partes, gente de todo tipo, bicicletas por todas partes, una pantalla gigante que ambienta el paso de la gente por allí…sin embargo, no logro quitarme esa sensación de bienestar y de ambiente agradable, no parece que estés en una de las mayores ciudades del mundo. Antes de llegar al parque, vemos un puesto de Takoyaki, pulpo cocido dentro de unas bolas de una especie de masa tipo “crepe”, con lechuga, jengibre, una salsa parecida a la de soja, mahonesa, pescado deshidratado y algo de color verde tipo orégano que no logro identificar. Está bastante bien, es algo típico de por allí, y no sería la última vez que lo comería.

Llegamos a la entrada del parque, sacamos la entrada, y entramos; acabamos de terminarnos el Takoyaki, y nos surge un problema que sería frecuente durante toda mi estancia allí: ¿dónde tirar la basura? Es uno de los “grandes problemas” de alguien que visita Tokio, como me comenta Elena, porque no es la primera vez: no hay papeleras por ninguna parte, pero no verás ni un solo trozo de basura en el suelo. Es más, al igual que ocurre en Suiza, incluso cuando alguien ve algo en el suelo, lo recoge para tirarlo en algún contenedor en lugar de dejarlo en el suelo, aunque el desperdicio no sea suyo.

Por fin localizamos una zona donde hay papeleras, pero nos surge el segundo problema relacionado con las basuras en Tokio: ¿dónde tirarlo? En los sitios donde tirar la basura, hay entre 4 y hasta 8 contenedores distintos, porque se separan todo tipo de residuos: tapones de botella, plásticos, aluminios, papel, vidrio…etc. A veces es sencillo identificar dónde, pero otras veces dudas y es mejor preguntar.

Paseamos por el parque y es como un oasis en medio de la gran urbe. Hace un poco de frío, pero al menos ha salido el sol, y la gente pasea por allí, solos o con niños, algunos pocos toman el sol, hacen fotos…es un ambiente agradable, algo relajante, un lugar natural y ausente de ruidos en mitad de una de las mayores ciudades del mundo; puedes ver un pequeño bosque de árboles, y de fondo los rascacielos, una combinación curiosa.


Tras un rato nos vamos de allí porque hemos quedado con Hiroko en Takeshita Dori, una de las calles más famosas de Tokio, bulliciosa los fines de semana, imposible de atravesar, pero los días de diario no tanto. Paseamos por la calle mirando las tiendas que hay, entramos en una que nos llama la atención porque venden todo tipo de disfraces extraños en plan personajes de cómic: vestidos, bolsos, zapatos, gorros, trajes de colegiala, etc. Me comentan otra cosa de la que más adelante me iría dando cuenta poco a poco: la obsesión o el cuidado que tiene los japoneses de Tokio por la moda del calzado. Es impresionante la cantidad y variedad de zapatillas que se venden en la ciudad, todo tipo de marcas, modelos, colores y formas de zapatillas. Normalmente en España no hay mucho donde elegir, pero allí podías ver cientos de modelos con todas las combinaciones de colores posibles…me arrepentí de haberme comprado recientemente unas zapatillas en España, porque los precios eran similares.

También paseamos un poco por el Parque Yoyogi, donde los domingos se reúne gente vestida con extraños ropajes, algo que más adelante comprobaría por mí mismo. Empieza a anochecer y tomamos rumbo a la casa de Hiroko, a cinco minutos de la estación de Iidabashi. Esa noche nos ha invitado a cenar con su familia una cena típica japonesa, así que perfecto. Yo llevo en la mochila algunas cosas que he comprado en España a modo de obsequio, así que lo agradezco porque me molesta un poco la espalda de cargar todo el día con la botella de vino, y tengo hambre.

Llegamos a la casa. Sus padres tienen una tienda de artesanía en la planta baja, y viven en el segundo piso, aunque la casa parece que tiene dos pisos más. Entramos, nos descalzamos y nos dejan unas zapatillas de estar por casa, otra de las cosas que más adelante seguiría viendo. Esperamos en el salón mientras la madre cocina, hablamos y jugamos un poco con la Wii (qué raro, unos japoneses con una consola en casa…)…antes de cenar le pregunto que dónde está el servicio, y Hiroko me acompaña hasta él; otra sorpresa que en el futuro vería en más sitios: la tapa del retrete con calefacción!! “Joder”, pienso, “esto es el futuro!!”.

Otra curiosidad escatológica es que en los servicios públicos no hay retretes como los que conocemos nosotros y como los que había en las casas, sino que se trata de un sistema distinto en el que haces tus necesidades de cuclillas, de modo que no hay contacto físico entre el cuerpo de la persona que hace uso del “retrete” y el propio “retrete”…más higiénico, claro está.

Durante la cena charlamos de varios temas, sobre todo culturales, de diferencias entre países. Preguntamos por una especie de altar que hay junto a la gigantesca televisión plana del salón, y parece ser que se trata de algo para rezar por los antepasados muertos; hay otro pequeño altar, más recogido y mucho más reducido que el otro, y nos dicen que es para rezar. Más adelante comprobaría cómo rezan en los templos, es bastante rápido y sencillo, ya hablaré de ello más adelante. La madre ha preparado un montón de cosas, entre ellas: sushi (ha elaborado varios tipos de pescados crudos, colocados en una bandeja con una hojas de un sabor extraño, como limón y eucalipto mezclado, y una especie de ralladuras de cebolla), unos rollos de carne y queso, otros de carne rellenos de espárragos verdes y una pescado cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba delicioso (éste sí estaba cocinado); luego sigue cocinando unas especie de langostinos rebozados tipo “calamares a la romana”, también muy ricos; para beber elijo sake en lugar de cerveza, y estaba muy bueno también, aunque me bebo varios vasos y no parece ser muy fuerte en cuanto a su graduación.


Al final tomamos café con unos pasteles que habían comprado, y quedamos con el hermano de Hiroko en que el viernes próximo iríamos a su casa para que nos deleitara con más cocina japonesa, porque le habíamos hablado del Takoyaki y que nos había gustado, y resulta que él en casa tenía una máquina de hacerlos. Así que aceptamos la invitación y quedamos en vernos el viernes que viene, aunque nos dice que antes tiene que preguntar a su mujer (está casado y tiene una hija), pero que no habrá problemas.

Nos despedimos de la familia de Hiroko, arigato gosaimas (muchas gracias) y sayonara (esto no necesita traducción). Ella nos acompaña hasta la calle, y nos vamos en dirección a la estación de Iidabashi; de allí a Shinjuku, y luego Fucho…se dice pronto, pero es una hora de tren más o menos, las distancias y el tiempo que se tarda en llegar a los sitios son factores muy a tener en cuenta en Tokio.


Llegamos a la residencia y Elena me habla de unas tiendas que hay en le ciudad, que se llaman “Don Quijote” (he preguntado a gente pero nadie sabe el motivo de este nombre), abiertas hasta las 5 de la mañana, donde se puede comprar todo lo que puedas necesitar; y no es un decir, cuando dice que todo es TODO. Pero claro, hay que comprobarlo en persona, así que aunque estoy muerto de cansancio por llevar todo el día pululando y el jetlag del viaje, le pedimos prestada la bici a una amiga de Elena (una chica brasileña llamada Marina) y vamos a la famosa tienda que hay cerca. Al llegar allí compruebo que efectivamente, se puede comprar DE TODO: comida, bebida, ropa, menaje del hogar, cosméticos, herramientas, electrodomésticos, material de oficina, zapatillas, relojes, informática, etc. Cualquier cosa que puedas necesitar, allí lo puedes encontrar. Una visita curiosa, sin duda. Compramos algunas cosas para comer, vuelta a casa y final del día.

sábado, 24 de enero de 2009

Día 2, Martes: llegada a Tokio

Después de despertarme y ver que por suerte quedaba poco para llegar, me espero hasta que llega la comida del avión y aterrizamos en Tokio, por fin. Son las 19:00 hora local, así que ya es de noche, por lo que puedo apreciar la ausencia de puntos sin luz debido a la alta concentración de edificios.

Antes de aterrizar nos entregan una hoja para rellenar quienes fuéramos extranjeros, copiado de los norteamericanos probablemente, con preguntas del tipo: “¿Ha sido usted condenado por algún delito en su país?”; “¿Alguna vez ha sido expulsado de Japón?”; “¿Es usted portador de explosivos, armas u otros objetos peligrosos?”…dudo mucho de la efectividad de esas preguntas, pero bueno…también hay otras cosas más aceptables como las preguntas sobre cuánto tiempo tienes pensado quedarte en el país, motivo del viaje, dirección y teléfono de contacto durante tu estancia en Japón, etc.

Al bajar del avión, control de inmigración: toma de huellas, pasaporte, registro de equipaje de mano, y algo que pensé que ya no se hacía, al menos en Europa no es frecuente entre los propios europeos: el registro de la maleta. Me abren la maleta y ven que llevo varias botellas, una de vino y dos de sangría, pero las llevo en vueltas en bolsas de plástico y el policía me mira y me dice que abra las bolsas y las botellas, menos la de vino, claro…Huele el contenido, y también me hace abrir el bote de gel de baño que llevaba, lo vuelve a oler y parece que se queda tranquilo al ver que no llevo nada raro. Me pide el pasaporte, lo ojea, me pregunta (aunque ya lo había puesto en la hoja que me dieron en el avión) que cuánto tiempo quiero quedarme y motivo, y me grapa en el pasaporte una hoja de permiso del departamento de inmigración, válido para 3 meses en el país…suficiente, sólo tengo pensado estar 8 días…Al devolverme el pasaporte, sonríe y me dice “Gracias”, pero en castellano. Parece ser que en Japón hay bastante simpatía por lo español, según he estado informándome.

Ya con mi maleta y tranquilo, salgo a la zona donde la gente espera a las llegadas, y no me cuesta mucho localizar una chica rubia con un abrigo rosa…inconfundible, si hubiera sido en algún país de Europa Central habría sido más difícil, pero esto es Japón xD. Subimos al tren que nos debería llevar a casa tras varios trasbordos, pero el viaje es largo: el aeropuerto de Narita está al Este, y el pueblo donde vive Elena está al otro lado de Tokio, se llama Fuchu, pero yo me dejo llevar, estoy cansado y mis conocimientos de la línea de ferrocarriles japoneses son nulos. Hablando y hablando, nos equivocamos, o mejor dicho, se equivoca, y después de más de una hora de viaje se da cuenta de que vamos en dirección equivocada…nos bajamos del tren, y vemos a un vigilante de la estación al que le preguntamos: no habla inglés, pero aún así se presta a ayudarnos por símbolos si hace falta, e incluso hace ademán de llevarnos la maleta, pero le decimos que no hace falta. Nos acompaña hasta el andén en que debemos esperar al tren correcto, y se despide en dirección hacia donde estaba anteriormente…

Tres primeras impresiones que ya me habían comentado: uno, el precio del transporte es algo caro, porque los precios dependen del trayecto que hagas, de su longitud, y también de la compañía que lo opera, porque hay varias compañías y es algo lioso a veces; dos, Elena me comenta en el vagón que me fije en la gente, y es que según me dice hay dos posiciones principales de los viajeros japoneses en tren: con el móvil en la mano viendo videos, conectados a internet o jugando, y dormidos; y tercera cosa, la excesiva amabilidad a veces de los japoneses cuando les preguntas, pero eso ya lo comprobaría yo más adelante por cuenta propia…

Llegamos bastante tarde a su residencia, pero da igual, estoy tan cansado que no me importa, Elena prepara una cena rarísima con un sabor muy extraño, pero bueno, estamos en Japón, así que “donde fueres, haz lo que vieres”…eso implica también comer siempre con palillos, pero no me costó tanto adaptarme.

De camino a “casa” voy dándome cuenta de algunas cosas, como la limpieza de las calles y de los edificios públicos…parece una tontería, pero creo que es un indicativo importante del nivel de desarrollo de un país porque está relacionado con la capacidad empática de sus ciudadanos y con la conciencia colectiva de la sociedad, y la verdad es que se agradece. La tranquilidad que se palpa en el ambiente a pesar de tratarse de una de las mayores ciudades del mundo también es reflejo de su buena organización, a juzgar por el tráfico y por el orden de las calles no da la impresión de estar en una ciudad grande, es algo que se agradece. También me doy cuenta de que se necesita un máster para poder tirar la basura: hay como 8 tipos de contenedores para separar los residuos, por un lado tapones de botella, plásticos, papel, latas de aluminio, etc. También me comenta Elena que el precio de la luz y el agua son caros, pero me imagino que eso está relacionado con la gran cantidad de población existente y como medida para que la gente no despilfarre recursos, algo bastante frecuente por aquí.

Después de esa rara cena (creo que era "Green Curry" o algo así, pero era un sabor realmente extraño y nuevo, ni malo ni bueno, simplemente raro...), toca dormir, que al día siguiente toca turismo.

viernes, 23 de enero de 2009

Día 1, Lunes: vuelo de ida

Lunes 12 de enero; 12:30 de la mañana; estación de autobuses de Trujillo, Cáceres...
Espero al autobús que me llevará hasta Madrid para iniciar esta nueva aventurilla que me he sacado de la manga, junto a mi madre que también me acompaña para despedirse de mi. Me esperan unas 3 horas de viaje aburrido, mirando por la ventana mientras escucho el mp3 y trato de imaginarme cómo será Japón; te cuentan cosas, pero no es lo mismo, cuando lo vives te pasan cosas, y también depende de las compañías, dónde te alojas, qué haces allí, etc.

Pero al subir al bus y hacer caso omiso de el número de asiento asignado, me dirijo a la parte de atrás para estar más tranquilo y cómodo, y de repente me fijo en una chica que estaba también en la parte trasera: resulta ser una antigua conocida, una chica que estudió turismo en Cáceres y a la que yo había dejado apuntes en varias ocasiones. Así que nos ponemos a hablar y así nos tiramos todo el viaje, por lo que se me hizo corto. Le cuento que voy a Tokio, me cuenta que está en Segovia estudiando, etc. Ya llegamos a Madrid, y tomamos caminos distintos en el metro, pero al menos el viaje ha sido ameno.

En el camino hacia Barajas me encuentro con un señor mayor de aspecto extraño, que con acento canario me pregunta que si va bien para ir a Barajas. Lleva un sombrero como antiguo, una gabardina de color marfil y porta bajo el brazo lo que parece ser un cuadro, pero está envuelto en una especie de papel de embalar también color marfil por lo que no pude ver de qué se trataba. Es alto, piel morena, gafas, bigote y pelo canoso...un tio peculiar, parece despistado y sin saber por qué me da algo de lástima. Me cuenta que va hacia Las Palmas sin que yo le pregunte nada...pues mira que bien...yo le digo que allí nunca he estado, pero sí en Tenerife...

Llego y tengo que esperar algo menos de una hora para poder facturar, así que me siento y me relajo, no hay prisa; en cuanto puedo facturo la maleta, me pongo el mp3 y me doy una vueltecita por el aeropuerto. No hay mucha gente, pensé que sería peor, la verdad, pero lo prefiero así. Cuando me canso paso a la zona de embarque, localizo la puerta asignada a mi vuelo y espero mientras leo un poco.

El avión no es muy grande, hay mucha gente oriental que más tarde descubriría que iban a China, porque en París enlazarían con un vuelo hacia Shangai; mi vuelo hace escala en París, y desde ahí directo a Tokio...12 horitas de nada, se dice pronto...

Llego a París, el vuelo han sido dos horas nada más, son alrededor de las 21, y mi próximo vuelo sale a las 23, así que no tendré tiempo de aburrirme. Tenía miedo de los retrasos y esas cosas, pero fui afortunado. Al bajar del avión, mucho control por parte de la policía francesa, aunque siendo europeo tienes las cosas más fáciles; a muchos de los que venían en el avión les paran y les ponen pegas, pero no me entretengo y sigo mi camino, no es cuestión de ponerse a mirar allí como si fuera la tele. Una curiosidad, me llamó la atención ver cómo el español era utilizado para comunicarse los policías franceses con los ciudadanos chinos, en lugar de inglés u otra lengua...

Pasaporte, mochila, detectores de metal, etc, lo típico, aun que en un ambiente más policia que en Madrid, es cierto eso de que los franceses están últimamente bastante preocupados con la seguridad. No tengo problemas lógicamente para pasar los controles, jeje.

Localizo la puerta de embarque, espero escuchando música rodeado de ciudadanos orientales y algunos pocos occidentales, y pronto llega el momento de subir al avión. Este sí que es grande, un Boeing 777 con tres filas de asientos y dos pasillos, normal al tratarse un vuelo de larga distancia, claro...Me toca ventanilla, y en medio no hay nadie, así que bastante cómodo porque puedo desperdigar mis pertenencias sin problema en ambos asientos.
Al poco de montar empiezo a ver algo de tele, pues delante de cada asiento hay una pantalla para poder ver pelis, series y también se puede jugar a juegos tipo Tetris y algunos de plataformas. Veo algunos episodios de los Simpson y luego pongo Forrest Gump, pero antes de terminarla tengo que dejarlo porque estoy muy cansado, así que me duermo.

Introducción



Una vez decido hacer un blog que ahora tratará sobre mi corta pero intensa experiencia de ocho días en la ciudad de Tokio, capital de Japón (puede que haya quien no lo sepa...)

Aunque sólo han sido como digo ocho días, creo que he visitado casi todo lo que se puede ver allí, aunque me refiero a los típicos sitios turísticos, pero siempre hay cosas que hacer y que ver en una ciudad como Tokio, donde a pesar de la gran concentración de personas, el ambiente general no da esa sensación gracias a la buena organización de los transportes públicos y privados, así como por la eduación, respeto y simpatía de todos sus ciudadanos.

Sin duda alguna es una ciudad perfecta para perderse, pues basta un pequeño gesto y un "Sumimasen" (por favor) para que cualquier persona se preste a ayudarte, son muy amables, a veces incluso "demasiado" como decía Elena, pero eso te hace que te quede una sensación de bienestar y de felicidad que no se puede explicar.

Espero que sea del agrado de todos, pues solo pretendo ayudar a llenar esos ratos de tiempo libre que tenemos en determinados momentos a través de estas pequeñas historias de entretenimiento basadas en hechos reales.