domingo, 1 de febrero de 2009

Día 6, Sábado: Ramen, Yokohama y Karaoke

No sé si por el jetlag o por estar todo el día andando, pero siempre estoy cansado, y por más que duermo no me quito esa sensación...
Sobre las 11 me despierto y me dirijo hacia la estación de Fuchu, pues he vuelto a quedar con Hiroko en Shinjuku. Hemos quedado a la una, pero como cojo el tren equivocado, llego a la una y media, porque éste hacía más paradas que el que solíamos coger normalmente. Lo malo es que esta vez no tenía el teléfono de Elena, porque lo necesitaba, para poder avisar de que llegaba tarde; sé que a la gente japonesa le molesta muchísimo la impuntualidad, aún cuando crees que puede estar justificada.

Recuerdo una curiosidad que en España probablemente generaría muchos conflictos: es de mala educación y no está permitido hablar con el móvil en los vagones del tren, metro o en sitios cerrados; cuando a alguien le suena el teléfono, se baja del vagón para poder hablar. De hecho, los carteles anuncian que por favor se apague el teléfono cuando se esté cerca de personas mayores o embarazadas. Muy lógico, pero seguro que aquí la gente no lo entendería.

Salimos a la calle y paseamos por la zona de Shinjuku buscando un lugar donde comer otra cosa típica de allí, que es el Ramen, que básicamente se trata de unos tallarines que se sirven en un cuenco con una sopa y algo de acompañamiento, a elegir. Localizamos un sitio y me llama la atención su sistema de pago y de servir: fuera del establecimiento hay una máquina donde aparecen los platos disponibles; tú seleccionas el que deseas e insertas el dinero correspondiente, obteniendo así un ticket. Entras en el local, das el ticket a uno de los camareros y ya saben lo que tienen que prepararte, ahorrando así el tener a alguien que cobre y una caja con dinero en el establecimiento…me parece un sistema bastante interesante.
Entramos, y nos dicen que vayamos a la parte de arriba, porque abajo está lleno. Nos sentamos en una especie de taburetes sin respaldo y anclados al suelo; se trata de un sitio donde la gente va para comer algo rápido, porque aunque no se está mal, no es un lugar para alargar la comida. No está mal el plato este, pero tampoco le veo nada especial, simplemente una sopa con tallarines y carne en mi caso, pero nada más. Otra cosa curiosa es que los hombres cuando comen hacen ruido al sorber los tallarines o cualquier otra comida, cosa que para nosotros sería intolerable, pero no está mal visto aquí, así que hago como que no me importa y sigo a lo mío. Tampoco es caro, unos 6-7 € un plato de Ramen con el que quedas satisfecho, bebida incluída.

Paseamos un poco más por Shinjuku y nuestro siguiente destino es Yokohama, donde visitaremos el famoso barrio chino que hay en la ciudad. Aprovechamos una oferta que hay de ida y vuelta por unos 860 yens creo recordar, y nos vamos. Como se tarda algo más de una hora, decido dormirme en el tren, algo frecuente entre los japoneses. Todo el mundo en el tren va, o bien dormido, o bien enredando con el móvil/iPhone/reproductor de mp3, aunque algunos también van leyendo, pero eso sí, cada uno a su bola.

Elena sigue pachucha, así que después de clase ha decidido quedarse en casa, descansando; además, esa misma noche hemos quedado con unos amigos suyos para salir a cenar y luego ir a un karaoke, así que quiere estar recuperada para la noche. Hacemos una primera parada en una estación donde hay un centro comercial inmenso, de tres plantas, ya en la ciudad de Yokohama. Desde uno de los miradores se ve una noria gigantesca que pertenece a un famoso parque de atracciones que hay allí, pero como tenemos pensado ir a Tokyo Disneyland, no nos hemos interesado por este otro. Volvemos al tren, y proseguimos hasta el final de la línea, y por fin llegamos al barrio chino de Yokohama.

Es muy bonito, muy bien decorado hasta el último detalle de cada elemento del barrio, todos los edificios presentan la arquitectura típica china con sus elementos brillantes y llamativos, tallados muy elaborados en madera, quizás demasiado cargados para nuestro gusto occidental, pero muy auténtico. Las calles están llenas de gente, pero como podemos nos movemos por las calles y visitamos un pequeño templo. Está todo lleno de bares y tiendas; probamos algo típico de allí, que son zumos de frutas que llevan tapioca en el fondo, son como unos pipos del tamaño del hueso de una aceituna, blandos y sin sabor, pero llenan bastante el estómago.

Después nos acercamos al paseo marítimo, en parte también para hacer un poco de tiempo porque luego hemos quedado con Elena para la “fiesta” con sus amigos; hemos quedado en la estación de Kawasaki, tanto con Elena como con sus amigos posteriormente. Aunque se trata de otra ciudad, se encuentra pegada a Tokio, por lo que no hay diferencias en cuanto a estar en un sitio u otro, y las comunicaciones son muy buenas mediante tren y metro. Nos vamos yendo a la estación y llegamos con tiempo para esperar; aunque está hasta los topes de gente, no será muy difícil identificar entre tanto oriental a una chica rubia con un abrigo rosa, imposible no verla. Al poco llega, y damos una vuelta por el centro comercial anexo a la estación para hacer tiempo hasta que aparezcan sus amigos.

Cuando vamos al punto donde hemos quedado nos encontramos con un grupo numeroso de personas, más de lo que esperaba, y no recuerdo los nombres de todos: un chico autraliano llamado Mark, con su novia (una chica china cuyo nombre no recuerdo); un chaval canadiense, una escocesa y una inglesa (Claire); cuatro chavales japoneses (Takeshi, Yutaka, Tomokazu y no recuerdo cómo se llamaba el otro) y dos chavalas japonesas. A ese grupo nos unimos nosotros, y nos vamos hacia el restaurante donde íbamos a cenar.

Mark y el canadiense están aquí dando clases de inglés, y algunas de las personas que acompañan son antiguos alumnos suyos; la chica escocesa trabaja en algo relacionado con el cuidado de niños pequeños, y la inglesa no recuerdo. La novia de Mark, la chica china, da clases de chino, y al menos uno de ellos (Tomokazu) es alumno suyo.

El restaurante está cerca de la estación vamos andando hasta allí, y al llegar nos descalzamos como en tantos otros lugares, guardando nuestros zapatos en unas consignas con llave. Nos sentamos todos en una mesa alargada y nos van trayendo la comida y las bebidas: degusto algunos platos japoneses, aunque también hay elementos de la comida europea como patatas fritas. Por fin pruebo la cerveza japonesa, aunque solo una marca concreta, y encima ni me acuerdo del nombre. Todo muy bueno, y el ambiente agradable porque con tanta gente diferente había tema de conversación para rato, pero llega el final y nos vamos al karaoke.

También vamos andando, porque está cerca, y tengo la oportunidad de probar un auténtico karaoke japonés. Es un bar de varios pisos, con compartimentos separados para cada grupo o persona que desee acceder a los servicios del establecimiento; al entrar de nuevo nos descalzamos y en esta ocasión nos prestan unas zapatillas. Te dan un micrófono y te asignan una de esas habitaciones, donde hay una mesa y sillones por todo el lateral de la habitación. También te dan un libro bastante grueso con las canciones que hay, y el mando para manejar el sistema, cambiar de canciones, etc.

Lo veo como muy íntimo, para lo bueno y para lo malo, estás tú solo con tu gente, en lugar de mezclarte con todo el mundo en una gran sala, quizás debido a que los japoneses en general son bastante tímidos y este sistema va más con su forma de ser. En cualquier caso, me lo paso bien, aunque de cantar nada, pero bueno, hemos comprado bebidas y algo de comida para hacer algo parecido a lo que serían un botellón a pequeña escala. Sin embargo, alrededor de las 12 de la noche se nos acaba, porque se reserva por tiempo, así que nos vamos a casa. No me hubiera importado trasnochar y poder ver una discoteca japonesa, pero también agradezco el poder ir a descansar a alguna parte. Como ya no hay trenes que nos lleven a casa, tenemos que quedarnos a dormir en la casa de un amigo de Elena, un señor japonés llamado Yutaka.

Nos despedimos todos y cada uno va para su casa, nosotros con este señor. Después de varias estaciones, nos bajamos y vamos andando unos 15 minutos por un barrio que me imagino sería de las afueras, hasta que llegamos a un bloque de pisos y allí es. Su casa es similar a la del hermano de Hiroko, pequeñas, acogedoras, prácticas…Nos presta dos futones y unas mantas, y a dormir. Es corriente en Japón, fruto de ese sentido práctico, que duerman en la misma estancia que durante el día es el salón comedor o la sala de estar; por la noche ponen una colchoneta en el suelo y duermen, mientras que por el día la retiran y queda todo libre. Si lo piensas es práctico, y cuando hay que ahorrar espacio, es una buena idea.

Pues eso, todos al suelo, ponemos la tele un rato para que entre sueño y a dormir, que mañana será otro día.

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