Pues eso, quedamos con ella en Shinjuku y nos vamos en dirección a Akihabara, la famosa ciudad de los electrodomésticos y la electrónica. Creo que esto debe ser lo más parecido al paraíso para los frikis, cientos de tiendas de electrónica, videojuegos, informática y todo lo relacionado con esos mundos, todas seguidas unas de otras y con una oferta inmensa de ordenadores (normales, portátiles, miniportátiles…), cámaras de fotos, consolas, muñecos de los videojuegos, de los cómics, copnsumibles informáticos, etc. Los precios no son más bajos que aquí, salvo algunas excepciones, pero sí que puedes encontrar cosas que aquí llegarán dentro de meses o incluso años, y allí ya los tienes. Yo compré una tarjeta SD de 2 gigas por unos 5€, que me parece bastante barato.
Seguimos andando por la gran avenida principal del barrio de Akihabara y llegamos al Parque Ueno, bastante frecuentado por japoneses (quizás por ser viernes) y creo que de los más conocidos de la ciudad. Había mucho ambiente, mucha gente paseando con niños y con bicis. Llegamos a una explanada donde hay un señor vestido como de payaso haciendo figuras con globos, ante el asombro de niños y mayores que no parpadean mientras el señor los hace y habla de cosas que supongo que serían graciosas, porque de vez en cuando la gente se ríe…nosotros (Elena y yo), como no entendemos nada, lo único que podemos hacer es sonreír con cara de idiotas y seguir mirando…
Vemos en
Seguimos andando y llegamos a otra explanada más arriba, donde unos malabares al parecer chinos (según nos comenta Hiroko, porque yo no los habría diferenciado), se preparan para actuar; pero no tenemos tiempo, tenemos otras cosas en la agenda así que no nos detenemos. Queremos ir a Asakusa, otra zona conocida por sus mercados de abasto y tiendas.
Coincidimos por la zona con la salida de los niños de un colegio, y es divertido verles vestidos con sus uniformes y sus gorros raros, todos iguales como en las pelis de miedo…de hecho, incluso las callejuelas me recuerdan a las pelis de terror ambientadas en Japón, y siempre me imagino que en cualquier momento puede salir de detrás de un seto una niña con mirada terrorífica o cualquier otra movida, pero por suerte eso no llegó a pasar nunca. Pasamos también al lado de un cementerio, y Elena comenta que no dan mucho miedo…Hiroko sin embargo pien
sa que sí, pero que los cementerios europeos no le dan tanto miedo. Miro por las rejas que rodean el recinto y veo que hay una especie de lápidas de mármol o materiales similares, rectangulares y de tamaño no muy grande, y detrás de las mismas uno palos de madera que acaban en forma redondeada, como los de los polos pero de mayor tamaño, con cosas escritas en japonés; no veo imágenes de santos ni vírgenes como en Europa, sólo letras…Andamos, andamos y andamos, nos alejamos de lo que es la ciudad porque nos metemos en una zona de callejas estrechas casi sin gente, menos mal que es de día, porque si no el ambiente sería como para grabar una peli de miedo. Después de caminar sin rumbo por ese mini-poblado dentro de Tokio, decidimos que es mejor preguntar: ahí es cuando Hiroko entra en juego, y vemos a una señora vestida de kimono y con los típicos zapatos de madera (no creo que sean cómodos, pero bueno). Le pregunta, habla con ella y le da unas explicaciones que implican dar la vuelta deshacer todo lo andado hasta ahora…vamos allá.
Vamos caminando ya en la dirección opuesta, y tras varios minutos de escuchar de fondo un sonido parecido al de los cascos de un caballo, me doy cuenta de que desde que vine no he visto caballos, y menos andando por Tokio!! Así que me doy la vuelta y…la señora que nos había dado las indicaciones viene “corriendo” detrás de nosotros desde hace un rato. Entre que tenía que ser mayor y esos zapatos tan peculiares, íbamos más rápido nosotros andando que ella “corriendo”. Menos mal que me dio por mirar para atrás. Resulta que se había equivocado en las indicaciones, y por eso llevaba media hora detrás de nosotros, para corregir su error…”joder”, pensé. Eso sí, en ningún momento se le fue la sonrisa de la cara.
Por fin llegamos a Asakusa. Allí callejeamos curioseando por las tiendas, sin duda es todo un entretenimiento que da para mucho tiempo, observar el género que se vende en estas tiendas. Todo cosas rarísimas, relacionadas sobre todo con el pescado; a ello hay que sumarle que no entiendo nada de lo que pone en las etiquetas, pero mejor, eso le da un toque de autenticidad inigualable. De nuevo compruebo la fascinación de los japoneses por el mundo de las zapatillas. Allí buscamos un bar de sushi, para experimentar algo típico; encontramos un local de estos donde la comida va montada en unas cintas y los platos van girando por toda la mesa, para que los clientes vayan cogiendo lo que deseen, y en función de los platos que hayan cogido, así se cobra: lo que es un “Sushi Bar” de toda la vida, vamos.

Tenemos que esperar un poco porque está lleno, pero enseguida podemos sentarnos. Cojo mis palillos y como puedo me pongo a comer pescado crudo; no se me da mal la verdad, pero donde estén el cuchillo y el tenedor…que se quiten los palillos. Lo del pescado crudo tampoco está mal, pero prefiero echarlo en la sartén con un poco de aceite de oliva, jeje, pero bueno, estamos en Japón así que “donde fueres, haz lo que vieres”. El sushi se coje, se moja en la salsa de soja (a la que opcionalmente se echa un poco de washabi) y se come; la salsa es de sabor fuerte, y una vez más echo de menos esos sabores auténticos que se pueden degustar en España, sin necesidad de salsas ni nada. No recuerdo exactamente el precio, pero no era caro. Se dice que Japón es carísimo, pero no creo que sea así; el transporte sí, pero en cuanto a la comida y los objetos de uso cotidiano, no veo que sea tan caro, de hecho las cosas valen más o menos igual. Un ejemplo tonto son las latas de máquina: en España es raro el sitio donde valen 1€ o menos, normalmente son 1’5 o 2€; aquí en Tokio las latas de máquina valían 120 yens, que es 1€…y así sucede también con otras cosas. El transporte como digo sí que es caro, y después de echar cuentas, aproximadamente la mitad del dinero que llevé se ha ido en eso precisamente.
Después del Sushi Bar, salimos y seguimos callejeando por allí, pero ya en dirección a nuestro nuevo destino: el Templo Sensoji. A este destino le precede una larga caminata por las calles de Tokio, fuera de zona turística, así que autenticidad máxima de la visita. No obstante, no se aleja mucho de lo que son las zonas turísticas, la única diferencia es que no te cruzas con ningún occidental. Veo muchas tiendas de motocicletas, pero me llama la atención que aún se venden ese tipo de motos de estilo antiguo, con un sillón alargado donde cabrían 3 y hasta 4 personas; aspecto retro pero construcción moderna, estas no me suena de verlas por España. También pasamos por la famosa Calle Kappabashi Dogugai, llena de tiendas que mezclan todos los estilos: tiendas de tipo oriental, japonesas o chinas, así como de objetos retro del estilo de EEUU en los años ’60. Muy curioso y entretenido, una opción muy buena para comprar regalos, porque puedes encontrar objetos realmente extraños y únicos.

Pero finalmente, tras la gran caminata llegamos al Templo Sensoji. Quizás por ser viernes o quizás porque es el templo más antiguo de Tokio, pero está lleno de gente, y aquí sí que vemos bastantes turistas occidentales. Antes de llegar al templo, nos encontramos con un grupo de 3 o 4 chavales vestidos de geishas; nos paramos a mirar y hacemos algunas fotos, y un señor mayor, todo sonriente, se nos acerca y nos hace señas como de que nos pongamos al lado de una de las “geishas” para hacernos una foto. Luego Hiroko nos diría que es que se trataba del padre del chaval, y que le habíamos llamado la atención por tener el pelo de color claro, y quería hacernos una foto.
Llegamos a
l templo y como dije, lleno de gente. Ahí es donde recé por primera vez en un templo, ritual que ya expliqué en la entrada del día anterior. También allí realizo el curioso ritual de tratar de esparcir el humo de una especie de incienso por mi cabeza; en frente del templo hay una especie de fuente donde en lugar de agua hay tubos de incienso clavados en tierra, humeando para que la gente realice ese ritual…en fin, cada uno interpreta la religión como quiere, supongo. Vamos hasta el final de la “calle principal” del recinto donde está el templo, mientras curioseamos por las tiendas que hay a su alrededor; es la primera vez que veo tiendas dentro del recinto de un templo, y me acuerdo de la historia bíblica de cuando Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo de Jerusalén…es como vivir en el pasado!!
Se va haciendo de noche, y lo más importante, hay hambre. Y más sabiendo que nos espera una cena en casa del hermano de Hiroko, con takoyaki casero y quién sabe qué más. Así que nos encaminamos hacia la casa de éste, lógicamente guiados por Hiroko. Tenemos que ir en metro porque está lejos, y ya hemos andado bastante. Llegamos y vive en un cuarto piso de un edificio de aspecto normal, aunque no recuerdo haber apreciado muchas diferencias entre unos edificios y otros, no como ocurre en España, donde ves edificios modernos y viejos, pero aquí todo es moderno. Nos descalzamos como es costumbre y vamos al salón. Es un piso pequeño, dos habitaciones, comedor-cocina-salita de estar (todo en uno) y un baño (ducha y retrete en estancias separadas). Voy al retrete y de nuevo compruebo que la parte para sentarse en el inodoro está calefactada…una vez más pienso para mis adentros “esto es el futuro”.
El hermano vive con su mujer y una hija pequeña, creo que tenía 8 años o así. Nos preparan unos takoyaki cas
eros, que ya expliqué anteriormente lo que era, mucho mejor que los que había probado hasta la fecha y que los que probaría en el futuro. Otra comida típica que pude probar es Nave, aunque no sé muy bien cómo se escribe. Es una cazuela que se calienta y en su interior hay una sopa donde se van añadiendo verduras, pescado y carne de cerdo, que se cuecen al tapar dicho recipiente. No está mal, es como una sopa, pero algo insípido, no me llama la atención mucho; el takoyaki sin embargo sí que me parece mucho mejor. Para beber sake, primero frío y luego caliente…no sabría decir cómo está mejor, en ambos casos me gusta, aunque su graduación es muy poca. Y para concluir, unos pasteles que hemos comprado y un café, muy aguado y sin azucar ni nada, pero parece ser que es así como se bebe aquí.Después de la comida, jugamos un poco con la pequeña porque lógicamente está algo alterada por esta visita internacional. Nos enseña algunos de sus juguetes y después de un rato es hora de irse yendo a casa, que no se tarda poco en llegar, posiblemente más de una hora desde donde estamos. Así que les manifestamos nuestro agradecimiento, y tras mil reverencias nos despedimos y nos vamos a casa. Hiroko se queda por el camino, pero a nosotros nos queda otro trecho hasta Fuchu.
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