domingo, 25 de enero de 2009

Día 3, Miércoles: Shinjuku Park, Harajuku y cena japonesa

El miércoles fue el primer día completo en Japón, pero por la mañana Elena tenía clase así que yo me quedé dormido y descansando hasta que ella volvió sobre las 10 de la mañana (hora local; en España serían las 2 de la mañana, 8 horas menos).

Ya me comentó el día anterior que por la tarde quedaríamos con Hiroko, una chica japonesa que ambos conocimos en Praga, cuya familia vive en Tokio. Está aquí unos meses de momento, pero sus planes son irse a España a aprender español en Junio o Julio, para después volver a Praga, donde vive y trabaja su novio y futuro marido…parece que su idea es quedarse a vivir en Praga con él, pero entonces no entiendo de qué le sirve aprender español, pero bueno.


Lo primero que hacemos en coger el tren en la estación de Fuchu para ir al centro, a Shinjuku. Al llegar a la estación, veo que el mapa de las líneas sólo está en caracteres japoneses, así que Elena me dice el importe y compro el billete. El precio del transporte está en función de la distancia que recorres; tú pagas un ticket que sellas al entrar en la “zona de embarque” de los trenes, y luego al salir tienes que volver a sellarlo, pero si el importe que has pagado es menor del correspondiente a esa estación en la que te sales, pues las puertas de salida hacia la calle no se abrirán, y tendrás que pagar la diferencia; si has pagado más, te devuelven el billete y puedes hacer uso del importe que aún te queda por gastar…es un sistema curioso, quizás más justo y eficiente, aunque es más caro que en otros sitios, bastante más.

Llegamos a Shinjuku y descubro por qué es la estación con más tráfico del mundo, según el Libro Guinness; y aunque no cuento a la gente, me parece creíble el dato de los movimientos diarios que se producen allí (en 2007, una media de 3.6 millones de personas al día pasaron por esa estación; de hecho, tiene unas 200 salidas!!). Hay gente por todas partes que va en todas direcciones, pero una vez más me da sensación de orden el hecho de que nadie se choque ni se empuje ni nada raro, cada uno a lo suyo. Es como ver muchos peces en una pecera, o una bandada de pájaros, que nunca se chocan entre sí. No sin dificultades, debido a la gran cantidad de salidas, conseguimos acceder al exterior y nos dirigimos hacia el Parque Shinjuku (Shinjuku Gyoen).

De camino al parque ya voy metiéndome en el ambiente de la gran ciudad de Tokio, con carteles por todas partes, gente de todo tipo, bicicletas por todas partes, una pantalla gigante que ambienta el paso de la gente por allí…sin embargo, no logro quitarme esa sensación de bienestar y de ambiente agradable, no parece que estés en una de las mayores ciudades del mundo. Antes de llegar al parque, vemos un puesto de Takoyaki, pulpo cocido dentro de unas bolas de una especie de masa tipo “crepe”, con lechuga, jengibre, una salsa parecida a la de soja, mahonesa, pescado deshidratado y algo de color verde tipo orégano que no logro identificar. Está bastante bien, es algo típico de por allí, y no sería la última vez que lo comería.

Llegamos a la entrada del parque, sacamos la entrada, y entramos; acabamos de terminarnos el Takoyaki, y nos surge un problema que sería frecuente durante toda mi estancia allí: ¿dónde tirar la basura? Es uno de los “grandes problemas” de alguien que visita Tokio, como me comenta Elena, porque no es la primera vez: no hay papeleras por ninguna parte, pero no verás ni un solo trozo de basura en el suelo. Es más, al igual que ocurre en Suiza, incluso cuando alguien ve algo en el suelo, lo recoge para tirarlo en algún contenedor en lugar de dejarlo en el suelo, aunque el desperdicio no sea suyo.

Por fin localizamos una zona donde hay papeleras, pero nos surge el segundo problema relacionado con las basuras en Tokio: ¿dónde tirarlo? En los sitios donde tirar la basura, hay entre 4 y hasta 8 contenedores distintos, porque se separan todo tipo de residuos: tapones de botella, plásticos, aluminios, papel, vidrio…etc. A veces es sencillo identificar dónde, pero otras veces dudas y es mejor preguntar.

Paseamos por el parque y es como un oasis en medio de la gran urbe. Hace un poco de frío, pero al menos ha salido el sol, y la gente pasea por allí, solos o con niños, algunos pocos toman el sol, hacen fotos…es un ambiente agradable, algo relajante, un lugar natural y ausente de ruidos en mitad de una de las mayores ciudades del mundo; puedes ver un pequeño bosque de árboles, y de fondo los rascacielos, una combinación curiosa.


Tras un rato nos vamos de allí porque hemos quedado con Hiroko en Takeshita Dori, una de las calles más famosas de Tokio, bulliciosa los fines de semana, imposible de atravesar, pero los días de diario no tanto. Paseamos por la calle mirando las tiendas que hay, entramos en una que nos llama la atención porque venden todo tipo de disfraces extraños en plan personajes de cómic: vestidos, bolsos, zapatos, gorros, trajes de colegiala, etc. Me comentan otra cosa de la que más adelante me iría dando cuenta poco a poco: la obsesión o el cuidado que tiene los japoneses de Tokio por la moda del calzado. Es impresionante la cantidad y variedad de zapatillas que se venden en la ciudad, todo tipo de marcas, modelos, colores y formas de zapatillas. Normalmente en España no hay mucho donde elegir, pero allí podías ver cientos de modelos con todas las combinaciones de colores posibles…me arrepentí de haberme comprado recientemente unas zapatillas en España, porque los precios eran similares.

También paseamos un poco por el Parque Yoyogi, donde los domingos se reúne gente vestida con extraños ropajes, algo que más adelante comprobaría por mí mismo. Empieza a anochecer y tomamos rumbo a la casa de Hiroko, a cinco minutos de la estación de Iidabashi. Esa noche nos ha invitado a cenar con su familia una cena típica japonesa, así que perfecto. Yo llevo en la mochila algunas cosas que he comprado en España a modo de obsequio, así que lo agradezco porque me molesta un poco la espalda de cargar todo el día con la botella de vino, y tengo hambre.

Llegamos a la casa. Sus padres tienen una tienda de artesanía en la planta baja, y viven en el segundo piso, aunque la casa parece que tiene dos pisos más. Entramos, nos descalzamos y nos dejan unas zapatillas de estar por casa, otra de las cosas que más adelante seguiría viendo. Esperamos en el salón mientras la madre cocina, hablamos y jugamos un poco con la Wii (qué raro, unos japoneses con una consola en casa…)…antes de cenar le pregunto que dónde está el servicio, y Hiroko me acompaña hasta él; otra sorpresa que en el futuro vería en más sitios: la tapa del retrete con calefacción!! “Joder”, pienso, “esto es el futuro!!”.

Otra curiosidad escatológica es que en los servicios públicos no hay retretes como los que conocemos nosotros y como los que había en las casas, sino que se trata de un sistema distinto en el que haces tus necesidades de cuclillas, de modo que no hay contacto físico entre el cuerpo de la persona que hace uso del “retrete” y el propio “retrete”…más higiénico, claro está.

Durante la cena charlamos de varios temas, sobre todo culturales, de diferencias entre países. Preguntamos por una especie de altar que hay junto a la gigantesca televisión plana del salón, y parece ser que se trata de algo para rezar por los antepasados muertos; hay otro pequeño altar, más recogido y mucho más reducido que el otro, y nos dicen que es para rezar. Más adelante comprobaría cómo rezan en los templos, es bastante rápido y sencillo, ya hablaré de ello más adelante. La madre ha preparado un montón de cosas, entre ellas: sushi (ha elaborado varios tipos de pescados crudos, colocados en una bandeja con una hojas de un sabor extraño, como limón y eucalipto mezclado, y una especie de ralladuras de cebolla), unos rollos de carne y queso, otros de carne rellenos de espárragos verdes y una pescado cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba delicioso (éste sí estaba cocinado); luego sigue cocinando unas especie de langostinos rebozados tipo “calamares a la romana”, también muy ricos; para beber elijo sake en lugar de cerveza, y estaba muy bueno también, aunque me bebo varios vasos y no parece ser muy fuerte en cuanto a su graduación.


Al final tomamos café con unos pasteles que habían comprado, y quedamos con el hermano de Hiroko en que el viernes próximo iríamos a su casa para que nos deleitara con más cocina japonesa, porque le habíamos hablado del Takoyaki y que nos había gustado, y resulta que él en casa tenía una máquina de hacerlos. Así que aceptamos la invitación y quedamos en vernos el viernes que viene, aunque nos dice que antes tiene que preguntar a su mujer (está casado y tiene una hija), pero que no habrá problemas.

Nos despedimos de la familia de Hiroko, arigato gosaimas (muchas gracias) y sayonara (esto no necesita traducción). Ella nos acompaña hasta la calle, y nos vamos en dirección a la estación de Iidabashi; de allí a Shinjuku, y luego Fucho…se dice pronto, pero es una hora de tren más o menos, las distancias y el tiempo que se tarda en llegar a los sitios son factores muy a tener en cuenta en Tokio.


Llegamos a la residencia y Elena me habla de unas tiendas que hay en le ciudad, que se llaman “Don Quijote” (he preguntado a gente pero nadie sabe el motivo de este nombre), abiertas hasta las 5 de la mañana, donde se puede comprar todo lo que puedas necesitar; y no es un decir, cuando dice que todo es TODO. Pero claro, hay que comprobarlo en persona, así que aunque estoy muerto de cansancio por llevar todo el día pululando y el jetlag del viaje, le pedimos prestada la bici a una amiga de Elena (una chica brasileña llamada Marina) y vamos a la famosa tienda que hay cerca. Al llegar allí compruebo que efectivamente, se puede comprar DE TODO: comida, bebida, ropa, menaje del hogar, cosméticos, herramientas, electrodomésticos, material de oficina, zapatillas, relojes, informática, etc. Cualquier cosa que puedas necesitar, allí lo puedes encontrar. Una visita curiosa, sin duda. Compramos algunas cosas para comer, vuelta a casa y final del día.

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