sábado, 24 de enero de 2009

Día 2, Martes: llegada a Tokio

Después de despertarme y ver que por suerte quedaba poco para llegar, me espero hasta que llega la comida del avión y aterrizamos en Tokio, por fin. Son las 19:00 hora local, así que ya es de noche, por lo que puedo apreciar la ausencia de puntos sin luz debido a la alta concentración de edificios.

Antes de aterrizar nos entregan una hoja para rellenar quienes fuéramos extranjeros, copiado de los norteamericanos probablemente, con preguntas del tipo: “¿Ha sido usted condenado por algún delito en su país?”; “¿Alguna vez ha sido expulsado de Japón?”; “¿Es usted portador de explosivos, armas u otros objetos peligrosos?”…dudo mucho de la efectividad de esas preguntas, pero bueno…también hay otras cosas más aceptables como las preguntas sobre cuánto tiempo tienes pensado quedarte en el país, motivo del viaje, dirección y teléfono de contacto durante tu estancia en Japón, etc.

Al bajar del avión, control de inmigración: toma de huellas, pasaporte, registro de equipaje de mano, y algo que pensé que ya no se hacía, al menos en Europa no es frecuente entre los propios europeos: el registro de la maleta. Me abren la maleta y ven que llevo varias botellas, una de vino y dos de sangría, pero las llevo en vueltas en bolsas de plástico y el policía me mira y me dice que abra las bolsas y las botellas, menos la de vino, claro…Huele el contenido, y también me hace abrir el bote de gel de baño que llevaba, lo vuelve a oler y parece que se queda tranquilo al ver que no llevo nada raro. Me pide el pasaporte, lo ojea, me pregunta (aunque ya lo había puesto en la hoja que me dieron en el avión) que cuánto tiempo quiero quedarme y motivo, y me grapa en el pasaporte una hoja de permiso del departamento de inmigración, válido para 3 meses en el país…suficiente, sólo tengo pensado estar 8 días…Al devolverme el pasaporte, sonríe y me dice “Gracias”, pero en castellano. Parece ser que en Japón hay bastante simpatía por lo español, según he estado informándome.

Ya con mi maleta y tranquilo, salgo a la zona donde la gente espera a las llegadas, y no me cuesta mucho localizar una chica rubia con un abrigo rosa…inconfundible, si hubiera sido en algún país de Europa Central habría sido más difícil, pero esto es Japón xD. Subimos al tren que nos debería llevar a casa tras varios trasbordos, pero el viaje es largo: el aeropuerto de Narita está al Este, y el pueblo donde vive Elena está al otro lado de Tokio, se llama Fuchu, pero yo me dejo llevar, estoy cansado y mis conocimientos de la línea de ferrocarriles japoneses son nulos. Hablando y hablando, nos equivocamos, o mejor dicho, se equivoca, y después de más de una hora de viaje se da cuenta de que vamos en dirección equivocada…nos bajamos del tren, y vemos a un vigilante de la estación al que le preguntamos: no habla inglés, pero aún así se presta a ayudarnos por símbolos si hace falta, e incluso hace ademán de llevarnos la maleta, pero le decimos que no hace falta. Nos acompaña hasta el andén en que debemos esperar al tren correcto, y se despide en dirección hacia donde estaba anteriormente…

Tres primeras impresiones que ya me habían comentado: uno, el precio del transporte es algo caro, porque los precios dependen del trayecto que hagas, de su longitud, y también de la compañía que lo opera, porque hay varias compañías y es algo lioso a veces; dos, Elena me comenta en el vagón que me fije en la gente, y es que según me dice hay dos posiciones principales de los viajeros japoneses en tren: con el móvil en la mano viendo videos, conectados a internet o jugando, y dormidos; y tercera cosa, la excesiva amabilidad a veces de los japoneses cuando les preguntas, pero eso ya lo comprobaría yo más adelante por cuenta propia…

Llegamos bastante tarde a su residencia, pero da igual, estoy tan cansado que no me importa, Elena prepara una cena rarísima con un sabor muy extraño, pero bueno, estamos en Japón, así que “donde fueres, haz lo que vieres”…eso implica también comer siempre con palillos, pero no me costó tanto adaptarme.

De camino a “casa” voy dándome cuenta de algunas cosas, como la limpieza de las calles y de los edificios públicos…parece una tontería, pero creo que es un indicativo importante del nivel de desarrollo de un país porque está relacionado con la capacidad empática de sus ciudadanos y con la conciencia colectiva de la sociedad, y la verdad es que se agradece. La tranquilidad que se palpa en el ambiente a pesar de tratarse de una de las mayores ciudades del mundo también es reflejo de su buena organización, a juzgar por el tráfico y por el orden de las calles no da la impresión de estar en una ciudad grande, es algo que se agradece. También me doy cuenta de que se necesita un máster para poder tirar la basura: hay como 8 tipos de contenedores para separar los residuos, por un lado tapones de botella, plásticos, papel, latas de aluminio, etc. También me comenta Elena que el precio de la luz y el agua son caros, pero me imagino que eso está relacionado con la gran cantidad de población existente y como medida para que la gente no despilfarre recursos, algo bastante frecuente por aquí.

Después de esa rara cena (creo que era "Green Curry" o algo así, pero era un sabor realmente extraño y nuevo, ni malo ni bueno, simplemente raro...), toca dormir, que al día siguiente toca turismo.

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