Después de ducharme y de haber quedado con Hiroko en la estación de Shinjuku, salgo en dirección a la estación de Fuchu; puede sonar algo raro el hecho de quedar en esta estación siendo tan enorme, pero es la única manera de no perderme yo, porque si tengo que coger cualquier otra línea en Shinjuku, seguramente me perdería. Hemos quedado en que Hiroko me recogerá en el andén del tren en el que llegaré desde Fuchu, así que no hay problema. Además, Elena me ha dejado su iPhone por si acaso tengo que llamar o mandar correos.
Lo del iPhone es una pasada, aunque en España me parece que sería un poco absurdo; viene muy bien en ciudades grandes donde existen muchos tiempos muertos mientras vas de una parte a otra, o donde puedes perderte y en ocasiones necesitas información al momento sobre direcciones y horarios. La batería se gasta rápidamente, probablemente por la pantalla táctil y eso, pero la verdad es que mola eso de poder estar conectado 24 horas; otra curiosidad es que en Japón suelen enviar correos electrónicos en lugar de SMS por tratarse de algo más fiable dicen, ya sea con iPhone o móvil convencional, todos están conectados a internet.
Llego a Shinjuku y efectivamente allí está Hiroko esperándome; siempre lleva ropas muy cuidadas y muy…no sabría cómo decirlo, pero no solo es ella, sino que todas las japonesas van siempre muy bien arregladas en el tema de la ropa y zapatos; no llevan maquillajes en exceso, pero siempre cuidan al detalle la imagen, supongo que por cuestiones de tradición y eso. Hay que decir también que es divertido ver la forma de andar de las japonesas, se ha convertido en todo un entretenimiento desde que llegué y me lo comentó Elena. No sé el motivo, pero no suelen ser, en general, muy habilidosas con los tacones, e incluso con zapatillas normales, andan de forma extraña…¿será por los pies pequeños?
Vamos a los Jardines Imperiales, por suerte el día está despejado y aunque no hace calor, se está bien en la calle. Desde la estación hasta los jardines puedo contemplar una de las zonas de negocio de la ciudad, todo lleno de edificios muy modernos y grandes rascacielos. Me impresiona porque es la primera vez que veo edificios tan altos y que paseo por las calles de una gran ciudad con rascacielos; aunque he viajado bastante por suerte, nunca he estado en una ciudad tan grande como Tokio. En los jardines nos topamos con bastantes turistas, y esto lo digo porque no es frecuente cruzarte con occidentales por la calle, sólo en las zonas más turísticas; y cuando ves a alguien occidental te quedas mirando como si fuera un bicho raro. Es entonces cuando te das cuenta de lo raro que resultas tú entre tanto ciudadano oriental, porque realmente tú no te das cuenta, pero cuando ves a alguien como tu…
Después de pasear por los jardines y disfrutar una vez de ese ambiente de naturaleza, tranquilidad y bienestar en medio de una gran ciudad, viendo la combinación de árboles y edificios modernos al fondo, decidimos comer algo por allí. Vamos a una especie de cadena de comida rápida llamada Curry House, y pedimos unos “platos combinados” que consisten en arroz y algo más, porque hay muchas opciones distintas. No es caro, como en España más o menos, unos 1000 yens por las dos comidas y dos bebidas. Después vamos a ver la Tokio Tower, una torre de acero de más de 300 metros, la más alta del mundo parecer ser. No tiene mucha ciencia a parte de eso, así que después de unas fotos nos vamos en dirección a nuestro siguiente objetivo.
Vamos en metro y visitamos el Templo Yasukuni, un lugar bastante frecuentado según me dice Hiroko. Impresiona bastante el tamaño de los arcos y de las figuras que hay allí, todo ello en un camino muy amplio que da una sensación de grandeza al complejo y da una idea de las concentraciones de personas que se pueden formar allí. Llegamos al templo propiamente dicho y Hiroko me dice que va a rezar, así que me doy la vuelta y me voy a curiosear por los alrededores pensando que se trata de algo que lleva su tiempo, como los católicos, con sus plegarias y esas cosas…pero de repente me doy cuenta de que viene hacia mí. Le digo que no se preocupe, que rece lo que quiera y que yo la espero enredando por ahí, pero me dice que ya ha terminado…es entonces cuando me intereso y le pregunto por su forma de rezar: le explico que normalmente los católicos se toman más tiempo para el rezo, porque hay que decir unas plegarias y esas cosas. Ella me dice que lo que se hace es arrojar una moneda de 5 yens a un cajón que hay en la parte delantera del edificio; son 5 yens porque su forma de decirlo, que no recuerdo cómo es en japonés, es similar a la palabra Dios en otro alfabeto, porque como tienen varios…curioso, pero me hace gracia que el centro de todo sea el soltar el dinero, jeje, en las iglesias católicas es opcional. Me dice que también hay que inclinarse dos veces, después hay unir las manos como los cristianos pero con los brazos extendidos y dando una palmada, repitiendo esta operación (la de unir las palmas de las manos dando una palmada) dos veces, y luego, manteniendo las manos unidas, inclinarse dos veces…y ya está, ¡al cielo de cabeza!
Volvemos al metro, en dirección a Iidabashi, la estación que está próxima a la casa de Hiroko, porque vamos a visitar otro templo que está allí cerca y al que ella suele ir con su familia (Templo Kagurazaka); de hecho, está en la misma calle de su casa, un poco más arriba. Es pequeño pero muy decorado, a la entrada hay unos palos finos como barras de incienso, que echan bastante humo; veo que la gente los coge y se los lleva al altar donde se reza y que hacen un además como de intentar envolverse con el humo de esos palos…me llama la atención el ritual, pero creo que por cansancio no le pregunto, no recuerdo bien. Fotos y decidimos que es hora de que regrese, estamos cansados de andar todo el día y se está haciendo de noche, además de que volver hasta Fuchu es más de una hora desde allí.
Hiroko me despide en Iidabashi, porque no me parece bien hacerla venir conmigo hasta Shinjuku y después tener que volverse sola, así que decido jugármela y tener mi primera experiencia de andar solo por el metro y tren de Tokio, y nada menos que en Shinjuku. Cuando llego, de acuerdo con las nociones que me dieron antes de salir, no tengo tantos problemas como esperaba; por suerte tengo buena memoria y recuerdo los sitios por donde he pasado, así que no me cuesta mucho encontrar la “Keio Line”, que es la que me lleva a Fuchu. Las indicaciones de las diferentes líneas están en el techo, solo hay que mirar bien. Luego cuando llegas a la línea que es, lo que hay que hacer es mirar la estación a la que quieres ir para ver cuánto tienes que pagar; esto sólo es un problema cuando los nombres están solo en japonés. En ese caso es una ocasión perfecta para preguntar y alucinar con la educación, amabilidad y disposición para ayudar de los japoneses. Creo que solo tuve que preguntar dos veces, pero ojalá me hubiera perdido más veces porque preguntar a la gente era un placer.
Lo dicho, no me cuesta encontrar la línea que es, pago los 270 yens hasta Fuchu y a esperar. El andén está lleno de gente, porque es la hora de salir de trabajar, pero una vez me deleito con la buena organización y educación de los japoneses, todos esperando en cola de forma ordenada…eso de colarse aquí no existe.
Media horita de viaje y llego a Fuchu, ahora tocan 15 minutos andando. Elena me advirtió de que tuviera cuidado porque ella se perdió la primera vez, pero gracias a que me acuerdo de los lugares por los que pasamos el martes cuando llegué, soy capaz de dar con la residencia a la primera. En la habitación está Elena con una amiga llamada Marina, brasileña (de Sao Paulo), estudiando aquí en Tokio durante un año algo relacionado con los estudios de agricultura o algo así. Charlamos un rato los 3, y cuando Marina se marcha cenamos algo, después me ducho y a descansar.
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