martes, 27 de enero de 2009

Día 5, Viernes: Akihabara, Ueno, Asakusa y takoyaki casero

Hemos quedado de nuevo con Hiroko, para que nos acompañe en un nuevo día de visitas por Tokio. Más que hacer de guía, su función es de acompañamiento y traducción, porque como ya dije, lleva mucho tiempo fuera de Tokio, y hasta Elena se mueve mejor por la ciudad que ella, pero es comprensible porque estamos hablando de una ciudad grande; por mucho tiempo que yo pase fuera de Trujillo, no creo que me pierda al volver…

Pues eso, quedamos con ella en Shinjuku y nos vamos en dirección a Akihabara, la famosa ciudad de los electrodomésticos y la electrónica. Creo que esto debe ser lo más parecido al paraíso para los frikis, cientos de tiendas de electrónica, videojuegos, informática y todo lo relacionado con esos mundos, todas seguidas unas de otras y con una oferta inmensa de ordenadores (normales, portátiles, miniportátiles…), cámaras de fotos, consolas, muñecos de los videojuegos, de los cómics, copnsumibles informáticos, etc. Los precios no son más bajos que aquí, salvo algunas excepciones, pero sí que puedes encontrar cosas que aquí llegarán dentro de meses o incluso años, y allí ya los tienes. Yo compré una tarjeta SD de 2 gigas por unos 5€, que me parece bastante barato.
Seguimos andando por la gran avenida principal del barrio de Akihabara y llegamos al Parque Ueno, bastante frecuentado por japoneses (quizás por ser viernes) y creo que de los más conocidos de la ciudad. Había mucho ambiente, mucha gente paseando con niños y con bicis. Llegamos a una explanada donde hay un señor vestido como de payaso haciendo figuras con globos, ante el asombro de niños y mayores que no parpadean mientras el señor los hace y habla de cosas que supongo que serían graciosas, porque de vez en cuando la gente se ríe…nosotros (Elena y yo), como no entendemos nada, lo único que podemos hacer es sonreír con cara de idiotas y seguir mirando…

Vemos en un rincón unos arcos de color rojizo que llaman nuestra atención, los típicos que hay en los templos, así que nos alejamos del espectáculo y nos adentramos por un sendero que desciende ligeramente entre arcos rojizos como el de la entrada, con caracteres japoneses de color negro, y árboles que incluso tapan el cielo…llegamos a un pequeño templo, el templo Toshogu, escondido dentro del propio Parque Ueno, pero un rincón muy agradable. Una vez más, me doy cuenta de la gran paz y tranquilidad que ronda estos templos, como si se creara una burbuja que hiciera que todo el ruido y polución de una de las mayores ciudades del mundo no pudiera acercarse a esos lugares de culto. Después de las fotos de rigor, volvemos a la explanada donde estaba el señor de los globos, que cuando llegamos ya está recogiendo los trastos: fin de la función.

Seguimos andando y llegamos a otra explanada más arriba, donde unos malabares al parecer chinos (según nos comenta Hiroko, porque yo no los habría diferenciado), se preparan para actuar; pero no tenemos tiempo, tenemos otras cosas en la agenda así que no nos detenemos. Queremos ir a Asakusa, otra zona conocida por sus mercados de abasto y tiendas.

Coincidimos por la zona con la salida de los niños de un colegio, y es divertido verles vestidos con sus uniformes y sus gorros raros, todos iguales como en las pelis de miedo…de hecho, incluso las callejuelas me recuerdan a las pelis de terror ambientadas en Japón, y siempre me imagino que en cualquier momento puede salir de detrás de un seto una niña con mirada terrorífica o cualquier otra movida, pero por suerte eso no llegó a pasar nunca. Pasamos también al lado de un cementerio, y Elena comenta que no dan mucho miedo…Hiroko sin embargo piensa que sí, pero que los cementerios europeos no le dan tanto miedo. Miro por las rejas que rodean el recinto y veo que hay una especie de lápidas de mármol o materiales similares, rectangulares y de tamaño no muy grande, y detrás de las mismas uno palos de madera que acaban en forma redondeada, como los de los polos pero de mayor tamaño, con cosas escritas en japonés; no veo imágenes de santos ni vírgenes como en Europa, sólo letras…

Andamos, andamos y andamos, nos alejamos de lo que es la ciudad porque nos metemos en una zona de callejas estrechas casi sin gente, menos mal que es de día, porque si no el ambiente sería como para grabar una peli de miedo. Después de caminar sin rumbo por ese mini-poblado dentro de Tokio, decidimos que es mejor preguntar: ahí es cuando Hiroko entra en juego, y vemos a una señora vestida de kimono y con los típicos zapatos de madera (no creo que sean cómodos, pero bueno). Le pregunta, habla con ella y le da unas explicaciones que implican dar la vuelta deshacer todo lo andado hasta ahora…vamos allá.

Vamos caminando ya en la dirección opuesta, y tras varios minutos de escuchar de fondo un sonido parecido al de los cascos de un caballo, me doy cuenta de que desde que vine no he visto caballos, y menos andando por Tokio!! Así que me doy la vuelta y…la señora que nos había dado las indicaciones viene “corriendo” detrás de nosotros desde hace un rato. Entre que tenía que ser mayor y esos zapatos tan peculiares, íbamos más rápido nosotros andando que ella “corriendo”. Menos mal que me dio por mirar para atrás. Resulta que se había equivocado en las indicaciones, y por eso llevaba media hora detrás de nosotros, para corregir su error…”joder”, pensé. Eso sí, en ningún momento se le fue la sonrisa de la cara.

Por fin llegamos a Asakusa. Allí callejeamos curioseando por las tiendas, sin duda es todo un entretenimiento que da para mucho tiempo, observar el género que se vende en estas tiendas. Todo cosas rarísimas, relacionadas sobre todo con el pescado; a ello hay que sumarle que no entiendo nada de lo que pone en las etiquetas, pero mejor, eso le da un toque de autenticidad inigualable. De nuevo compruebo la fascinación de los japoneses por el mundo de las zapatillas. Allí buscamos un bar de sushi, para experimentar algo típico; encontramos un local de estos donde la comida va montada en unas cintas y los platos van girando por toda la mesa, para que los clientes vayan cogiendo lo que deseen, y en función de los platos que hayan cogido, así se cobra: lo que es un “Sushi Bar” de toda la vida, vamos.

Tenemos que esperar un poco porque está lleno, pero enseguida podemos sentarnos. Cojo mis palillos y como puedo me pongo a comer pescado crudo; no se me da mal la verdad, pero donde estén el cuchillo y el tenedor…que se quiten los palillos. Lo del pescado crudo tampoco está mal, pero prefiero echarlo en la sartén con un poco de aceite de oliva, jeje, pero bueno, estamos en Japón así que “donde fueres, haz lo que vieres”. El sushi se coje, se moja en la salsa de soja (a la que opcionalmente se echa un poco de washabi) y se come; la salsa es de sabor fuerte, y una vez más echo de menos esos sabores auténticos que se pueden degustar en España, sin necesidad de salsas ni nada. No recuerdo exactamente el precio, pero no era caro. Se dice que Japón es carísimo, pero no creo que sea así; el transporte sí, pero en cuanto a la comida y los objetos de uso cotidiano, no veo que sea tan caro, de hecho las cosas valen más o menos igual. Un ejemplo tonto son las latas de máquina: en España es raro el sitio donde valen 1€ o menos, normalmente son 1’5 o 2€; aquí en Tokio las latas de máquina valían 120 yens, que es 1€…y así sucede también con otras cosas. El transporte como digo sí que es caro, y después de echar cuentas, aproximadamente la mitad del dinero que llevé se ha ido en eso precisamente.

Después del Sushi Bar, salimos y seguimos callejeando por allí, pero ya en dirección a nuestro nuevo destino: el Templo Sensoji. A este destino le precede una larga caminata por las calles de Tokio, fuera de zona turística, así que autenticidad máxima de la visita. No obstante, no se aleja mucho de lo que son las zonas turísticas, la única diferencia es que no te cruzas con ningún occidental. Veo muchas tiendas de motocicletas, pero me llama la atención que aún se venden ese tipo de motos de estilo antiguo, con un sillón alargado donde cabrían 3 y hasta 4 personas; aspecto retro pero construcción moderna, estas no me suena de verlas por España. También pasamos por la famosa Calle Kappabashi Dogugai, llena de tiendas que mezclan todos los estilos: tiendas de tipo oriental, japonesas o chinas, así como de objetos retro del estilo de EEUU en los años ’60. Muy curioso y entretenido, una opción muy buena para comprar regalos, porque puedes encontrar objetos realmente extraños y únicos.

Pero finalmente, tras la gran caminata llegamos al Templo Sensoji. Quizás por ser viernes o quizás porque es el templo más antiguo de Tokio, pero está lleno de gente, y aquí sí que vemos bastantes turistas occidentales. Antes de llegar al templo, nos encontramos con un grupo de 3 o 4 chavales vestidos de geishas; nos paramos a mirar y hacemos algunas fotos, y un señor mayor, todo sonriente, se nos acerca y nos hace señas como de que nos pongamos al lado de una de las “geishas” para hacernos una foto. Luego Hiroko nos diría que es que se trataba del padre del chaval, y que le habíamos llamado la atención por tener el pelo de color claro, y quería hacernos una foto.

Llegamos al templo y como dije, lleno de gente. Ahí es donde recé por primera vez en un templo, ritual que ya expliqué en la entrada del día anterior. También allí realizo el curioso ritual de tratar de esparcir el humo de una especie de incienso por mi cabeza; en frente del templo hay una especie de fuente donde en lugar de agua hay tubos de incienso clavados en tierra, humeando para que la gente realice ese ritual…en fin, cada uno interpreta la religión como quiere, supongo. Vamos hasta el final de la “calle principal” del recinto donde está el templo, mientras curioseamos por las tiendas que hay a su alrededor; es la primera vez que veo tiendas dentro del recinto de un templo, y me acuerdo de la historia bíblica de cuando Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo de Jerusalén…es como vivir en el pasado!!

Se va haciendo de noche, y lo más importante, hay hambre. Y más sabiendo que nos espera una cena en casa del hermano de Hiroko, con takoyaki casero y quién sabe qué más. Así que nos encaminamos hacia la casa de éste, lógicamente guiados por Hiroko. Tenemos que ir en metro porque está lejos, y ya hemos andado bastante. Llegamos y vive en un cuarto piso de un edificio de aspecto normal, aunque no recuerdo haber apreciado muchas diferencias entre unos edificios y otros, no como ocurre en España, donde ves edificios modernos y viejos, pero aquí todo es moderno. Nos descalzamos como es costumbre y vamos al salón. Es un piso pequeño, dos habitaciones, comedor-cocina-salita de estar (todo en uno) y un baño (ducha y retrete en estancias separadas). Voy al retrete y de nuevo compruebo que la parte para sentarse en el inodoro está calefactada…una vez más pienso para mis adentros “esto es el futuro”.

El hermano vive con su mujer y una hija pequeña, creo que tenía 8 años o así. Nos preparan unos takoyaki caseros, que ya expliqué anteriormente lo que era, mucho mejor que los que había probado hasta la fecha y que los que probaría en el futuro. Otra comida típica que pude probar es Nave, aunque no sé muy bien cómo se escribe. Es una cazuela que se calienta y en su interior hay una sopa donde se van añadiendo verduras, pescado y carne de cerdo, que se cuecen al tapar dicho recipiente. No está mal, es como una sopa, pero algo insípido, no me llama la atención mucho; el takoyaki sin embargo sí que me parece mucho mejor. Para beber sake, primero frío y luego caliente…no sabría decir cómo está mejor, en ambos casos me gusta, aunque su graduación es muy poca. Y para concluir, unos pasteles que hemos comprado y un café, muy aguado y sin azucar ni nada, pero parece ser que es así como se bebe aquí.

Después de la comida, jugamos un poco con la pequeña porque lógicamente está algo alterada por esta visita internacional. Nos enseña algunos de sus juguetes y después de un rato es hora de irse yendo a casa, que no se tarda poco en llegar, posiblemente más de una hora desde donde estamos. Así que les manifestamos nuestro agradecimiento, y tras mil reverencias nos despedimos y nos vamos a casa. Hiroko se queda por el camino, pero a nosotros nos queda otro trecho hasta Fuchu.

Día 4, Jueves: Jardines Imperiales, Tokyo Tower y Yasukuni

Mi segundo día en la tierra del sol naciente; Elena está algo pachucha con dolores de garganta desde que llegué, así que esa mañana decide quedarse en casa…el problema es cómo hago yo para moverme sólo por Tokio. Menos mal que Hiroko tiene tiempo libre para poder estar conmigo y guiarme, aunque ella también lleva mucho tiempo fuera de su ciudad y está más perdida incluso que Elena, que se mueve mejor que ella por la ciudad. Lo único en lo que Hiroko tiene ventaja es en el uso del idioma, cosa que yo no tengo en absoluto, si bien Elena se defiende bien.

Después de ducharme y de haber quedado con Hiroko en la estación de Shinjuku, salgo en dirección a la estación de Fuchu; puede sonar algo raro el hecho de quedar en esta estación siendo tan enorme, pero es la única manera de no perderme yo, porque si tengo que coger cualquier otra línea en Shinjuku, seguramente me perdería. Hemos quedado en que Hiroko me recogerá en el andén del tren en el que llegaré desde Fuchu, así que no hay problema. Además, Elena me ha dejado su iPhone por si acaso tengo que llamar o mandar correos.

Lo del iPhone es una pasada, aunque en España me parece que sería un poco absurdo; viene muy bien en ciudades grandes donde existen muchos tiempos muertos mientras vas de una parte a otra, o donde puedes perderte y en ocasiones necesitas información al momento sobre direcciones y horarios. La batería se gasta rápidamente, probablemente por la pantalla táctil y eso, pero la verdad es que mola eso de poder estar conectado 24 horas; otra curiosidad es que en Japón suelen enviar correos electrónicos en lugar de SMS por tratarse de algo más fiable dicen, ya sea con iPhone o móvil convencional, todos están conectados a internet.

Llego a Shinjuku y efectivamente allí está Hiroko esperándome; siempre lleva ropas muy cuidadas y muy…no sabría cómo decirlo, pero no solo es ella, sino que todas las japonesas van siempre muy bien arregladas en el tema de la ropa y zapatos; no llevan maquillajes en exceso, pero siempre cuidan al detalle la imagen, supongo que por cuestiones de tradición y eso. Hay que decir también que es divertido ver la forma de andar de las japonesas, se ha convertido en todo un entretenimiento desde que llegué y me lo comentó Elena. No sé el motivo, pero no suelen ser, en general, muy habilidosas con los tacones, e incluso con zapatillas normales, andan de forma extraña…¿será por los pies pequeños?

Vamos a los Jardines Imperiales, por suerte el día está despejado y aunque no hace calor, se está bien en la calle. Desde la estación hasta los jardines puedo contemplar una de las zonas de negocio de la ciudad, todo lleno de edificios muy modernos y grandes rascacielos. Me impresiona porque es la primera vez que veo edificios tan altos y que paseo por las calles de una gran ciudad con rascacielos; aunque he viajado bastante por suerte, nunca he estado en una ciudad tan grande como Tokio. En los jardines nos topamos con bastantes turistas, y esto lo digo porque no es frecuente cruzarte con occidentales por la calle, sólo en las zonas más turísticas; y cuando ves a alguien occidental te quedas mirando como si fuera un bicho raro. Es entonces cuando te das cuenta de lo raro que resultas tú entre tanto ciudadano oriental, porque realmente tú no te das cuenta, pero cuando ves a alguien como tu…



Después de pasear por los jardines y disfrutar una vez de ese ambiente de naturaleza, tranquilidad y bienestar en medio de una gran ciudad, viendo la combinación de árboles y edificios modernos al fondo, decidimos comer algo por allí. Vamos a una especie de cadena de comida rápida llamada Curry House, y pedimos unos “platos combinados” que consisten en arroz y algo más, porque hay muchas opciones distintas. No es caro, como en España más o menos, unos 1000 yens por las dos comidas y dos bebidas. Después vamos a ver la Tokio Tower, una torre de acero de más de 300 metros, la más alta del mundo parecer ser. No tiene mucha ciencia a parte de eso, así que después de unas fotos nos vamos en dirección a nuestro siguiente objetivo.
Vamos en metro y visitamos el Templo Yasukuni, un lugar bastante frecuentado según me dice Hiroko. Impresiona bastante el tamaño de los arcos y de las figuras que hay allí, todo ello en un camino muy amplio que da una sensación de grandeza al complejo y da una idea de las concentraciones de personas que se pueden formar allí. Llegamos al templo propiamente dicho y Hiroko me dice que va a rezar, así que me doy la vuelta y me voy a curiosear por los alrededores pensando que se trata de algo que lleva su tiempo, como los católicos, con sus plegarias y esas cosas…pero de repente me doy cuenta de que viene hacia mí. Le digo que no se preocupe, que rece lo que quiera y que yo la espero enredando por ahí, pero me dice que ya ha terminado…es entonces cuando me intereso y le pregunto por su forma de rezar: le explico que normalmente los católicos se toman más tiempo para el rezo, porque hay que decir unas plegarias y esas cosas. Ella me dice que lo que se hace es arrojar una moneda de 5 yens a un cajón que hay en la parte delantera del edificio; son 5 yens porque su forma de decirlo, que no recuerdo cómo es en japonés, es similar a la palabra Dios en otro alfabeto, porque como tienen varios…curioso, pero me hace gracia que el centro de todo sea el soltar el dinero, jeje, en las iglesias católicas es opcional. Me dice que también hay que inclinarse dos veces, después hay unir las manos como los cristianos pero con los brazos extendidos y dando una palmada, repitiendo esta operación (la de unir las palmas de las manos dando una palmada) dos veces, y luego, manteniendo las manos unidas, inclinarse dos veces…y ya está, ¡al cielo de cabeza!

Volvemos al metro, en dirección a Iidabashi, la estación que está próxima a la casa de Hiroko, porque vamos a visitar otro templo que está allí cerca y al que ella suele ir con su familia (Templo Kagurazaka); de hecho, está en la misma calle de su casa, un poco más arriba. Es pequeño pero muy decorado, a la entrada hay unos palos finos como barras de incienso, que echan bastante humo; veo que la gente los coge y se los lleva al altar donde se reza y que hacen un además como de intentar envolverse con el humo de esos palos…me llama la atención el ritual, pero creo que por cansancio no le pregunto, no recuerdo bien. Fotos y decidimos que es hora de que regrese, estamos cansados de andar todo el día y se está haciendo de noche, además de que volver hasta Fuchu es más de una hora desde allí.

Hiroko me despide en Iidabashi, porque no me parece bien hacerla venir conmigo hasta Shinjuku y después tener que volverse sola, así que decido jugármela y tener mi primera experiencia de andar solo por el metro y tren de Tokio, y nada menos que en Shinjuku. Cuando llego, de acuerdo con las nociones que me dieron antes de salir, no tengo tantos problemas como esperaba; por suerte tengo buena memoria y recuerdo los sitios por donde he pasado, así que no me cuesta mucho encontrar la “Keio Line”, que es la que me lleva a Fuchu. Las indicaciones de las diferentes líneas están en el techo, solo hay que mirar bien. Luego cuando llegas a la línea que es, lo que hay que hacer es mirar la estación a la que quieres ir para ver cuánto tienes que pagar; esto sólo es un problema cuando los nombres están solo en japonés. En ese caso es una ocasión perfecta para preguntar y alucinar con la educación, amabilidad y disposición para ayudar de los japoneses. Creo que solo tuve que preguntar dos veces, pero ojalá me hubiera perdido más veces porque preguntar a la gente era un placer.

Lo dicho, no me cuesta encontrar la línea que es, pago los 270 yens hasta Fuchu y a esperar. El andén está lleno de gente, porque es la hora de salir de trabajar, pero una vez me deleito con la buena organización y educación de los japoneses, todos esperando en cola de forma ordenada…eso de colarse aquí no existe.

Media horita de viaje y llego a Fuchu, ahora tocan 15 minutos andando. Elena me advirtió de que tuviera cuidado porque ella se perdió la primera vez, pero gracias a que me acuerdo de los lugares por los que pasamos el martes cuando llegué, soy capaz de dar con la residencia a la primera. En la habitación está Elena con una amiga llamada Marina, brasileña (de Sao Paulo), estudiando aquí en Tokio durante un año algo relacionado con los estudios de agricultura o algo así. Charlamos un rato los 3, y cuando Marina se marcha cenamos algo, después me ducho y a descansar.

domingo, 25 de enero de 2009

Día 3, Miércoles: Shinjuku Park, Harajuku y cena japonesa

El miércoles fue el primer día completo en Japón, pero por la mañana Elena tenía clase así que yo me quedé dormido y descansando hasta que ella volvió sobre las 10 de la mañana (hora local; en España serían las 2 de la mañana, 8 horas menos).

Ya me comentó el día anterior que por la tarde quedaríamos con Hiroko, una chica japonesa que ambos conocimos en Praga, cuya familia vive en Tokio. Está aquí unos meses de momento, pero sus planes son irse a España a aprender español en Junio o Julio, para después volver a Praga, donde vive y trabaja su novio y futuro marido…parece que su idea es quedarse a vivir en Praga con él, pero entonces no entiendo de qué le sirve aprender español, pero bueno.


Lo primero que hacemos en coger el tren en la estación de Fuchu para ir al centro, a Shinjuku. Al llegar a la estación, veo que el mapa de las líneas sólo está en caracteres japoneses, así que Elena me dice el importe y compro el billete. El precio del transporte está en función de la distancia que recorres; tú pagas un ticket que sellas al entrar en la “zona de embarque” de los trenes, y luego al salir tienes que volver a sellarlo, pero si el importe que has pagado es menor del correspondiente a esa estación en la que te sales, pues las puertas de salida hacia la calle no se abrirán, y tendrás que pagar la diferencia; si has pagado más, te devuelven el billete y puedes hacer uso del importe que aún te queda por gastar…es un sistema curioso, quizás más justo y eficiente, aunque es más caro que en otros sitios, bastante más.

Llegamos a Shinjuku y descubro por qué es la estación con más tráfico del mundo, según el Libro Guinness; y aunque no cuento a la gente, me parece creíble el dato de los movimientos diarios que se producen allí (en 2007, una media de 3.6 millones de personas al día pasaron por esa estación; de hecho, tiene unas 200 salidas!!). Hay gente por todas partes que va en todas direcciones, pero una vez más me da sensación de orden el hecho de que nadie se choque ni se empuje ni nada raro, cada uno a lo suyo. Es como ver muchos peces en una pecera, o una bandada de pájaros, que nunca se chocan entre sí. No sin dificultades, debido a la gran cantidad de salidas, conseguimos acceder al exterior y nos dirigimos hacia el Parque Shinjuku (Shinjuku Gyoen).

De camino al parque ya voy metiéndome en el ambiente de la gran ciudad de Tokio, con carteles por todas partes, gente de todo tipo, bicicletas por todas partes, una pantalla gigante que ambienta el paso de la gente por allí…sin embargo, no logro quitarme esa sensación de bienestar y de ambiente agradable, no parece que estés en una de las mayores ciudades del mundo. Antes de llegar al parque, vemos un puesto de Takoyaki, pulpo cocido dentro de unas bolas de una especie de masa tipo “crepe”, con lechuga, jengibre, una salsa parecida a la de soja, mahonesa, pescado deshidratado y algo de color verde tipo orégano que no logro identificar. Está bastante bien, es algo típico de por allí, y no sería la última vez que lo comería.

Llegamos a la entrada del parque, sacamos la entrada, y entramos; acabamos de terminarnos el Takoyaki, y nos surge un problema que sería frecuente durante toda mi estancia allí: ¿dónde tirar la basura? Es uno de los “grandes problemas” de alguien que visita Tokio, como me comenta Elena, porque no es la primera vez: no hay papeleras por ninguna parte, pero no verás ni un solo trozo de basura en el suelo. Es más, al igual que ocurre en Suiza, incluso cuando alguien ve algo en el suelo, lo recoge para tirarlo en algún contenedor en lugar de dejarlo en el suelo, aunque el desperdicio no sea suyo.

Por fin localizamos una zona donde hay papeleras, pero nos surge el segundo problema relacionado con las basuras en Tokio: ¿dónde tirarlo? En los sitios donde tirar la basura, hay entre 4 y hasta 8 contenedores distintos, porque se separan todo tipo de residuos: tapones de botella, plásticos, aluminios, papel, vidrio…etc. A veces es sencillo identificar dónde, pero otras veces dudas y es mejor preguntar.

Paseamos por el parque y es como un oasis en medio de la gran urbe. Hace un poco de frío, pero al menos ha salido el sol, y la gente pasea por allí, solos o con niños, algunos pocos toman el sol, hacen fotos…es un ambiente agradable, algo relajante, un lugar natural y ausente de ruidos en mitad de una de las mayores ciudades del mundo; puedes ver un pequeño bosque de árboles, y de fondo los rascacielos, una combinación curiosa.


Tras un rato nos vamos de allí porque hemos quedado con Hiroko en Takeshita Dori, una de las calles más famosas de Tokio, bulliciosa los fines de semana, imposible de atravesar, pero los días de diario no tanto. Paseamos por la calle mirando las tiendas que hay, entramos en una que nos llama la atención porque venden todo tipo de disfraces extraños en plan personajes de cómic: vestidos, bolsos, zapatos, gorros, trajes de colegiala, etc. Me comentan otra cosa de la que más adelante me iría dando cuenta poco a poco: la obsesión o el cuidado que tiene los japoneses de Tokio por la moda del calzado. Es impresionante la cantidad y variedad de zapatillas que se venden en la ciudad, todo tipo de marcas, modelos, colores y formas de zapatillas. Normalmente en España no hay mucho donde elegir, pero allí podías ver cientos de modelos con todas las combinaciones de colores posibles…me arrepentí de haberme comprado recientemente unas zapatillas en España, porque los precios eran similares.

También paseamos un poco por el Parque Yoyogi, donde los domingos se reúne gente vestida con extraños ropajes, algo que más adelante comprobaría por mí mismo. Empieza a anochecer y tomamos rumbo a la casa de Hiroko, a cinco minutos de la estación de Iidabashi. Esa noche nos ha invitado a cenar con su familia una cena típica japonesa, así que perfecto. Yo llevo en la mochila algunas cosas que he comprado en España a modo de obsequio, así que lo agradezco porque me molesta un poco la espalda de cargar todo el día con la botella de vino, y tengo hambre.

Llegamos a la casa. Sus padres tienen una tienda de artesanía en la planta baja, y viven en el segundo piso, aunque la casa parece que tiene dos pisos más. Entramos, nos descalzamos y nos dejan unas zapatillas de estar por casa, otra de las cosas que más adelante seguiría viendo. Esperamos en el salón mientras la madre cocina, hablamos y jugamos un poco con la Wii (qué raro, unos japoneses con una consola en casa…)…antes de cenar le pregunto que dónde está el servicio, y Hiroko me acompaña hasta él; otra sorpresa que en el futuro vería en más sitios: la tapa del retrete con calefacción!! “Joder”, pienso, “esto es el futuro!!”.

Otra curiosidad escatológica es que en los servicios públicos no hay retretes como los que conocemos nosotros y como los que había en las casas, sino que se trata de un sistema distinto en el que haces tus necesidades de cuclillas, de modo que no hay contacto físico entre el cuerpo de la persona que hace uso del “retrete” y el propio “retrete”…más higiénico, claro está.

Durante la cena charlamos de varios temas, sobre todo culturales, de diferencias entre países. Preguntamos por una especie de altar que hay junto a la gigantesca televisión plana del salón, y parece ser que se trata de algo para rezar por los antepasados muertos; hay otro pequeño altar, más recogido y mucho más reducido que el otro, y nos dicen que es para rezar. Más adelante comprobaría cómo rezan en los templos, es bastante rápido y sencillo, ya hablaré de ello más adelante. La madre ha preparado un montón de cosas, entre ellas: sushi (ha elaborado varios tipos de pescados crudos, colocados en una bandeja con una hojas de un sabor extraño, como limón y eucalipto mezclado, y una especie de ralladuras de cebolla), unos rollos de carne y queso, otros de carne rellenos de espárragos verdes y una pescado cuyo nombre no recuerdo, pero que estaba delicioso (éste sí estaba cocinado); luego sigue cocinando unas especie de langostinos rebozados tipo “calamares a la romana”, también muy ricos; para beber elijo sake en lugar de cerveza, y estaba muy bueno también, aunque me bebo varios vasos y no parece ser muy fuerte en cuanto a su graduación.


Al final tomamos café con unos pasteles que habían comprado, y quedamos con el hermano de Hiroko en que el viernes próximo iríamos a su casa para que nos deleitara con más cocina japonesa, porque le habíamos hablado del Takoyaki y que nos había gustado, y resulta que él en casa tenía una máquina de hacerlos. Así que aceptamos la invitación y quedamos en vernos el viernes que viene, aunque nos dice que antes tiene que preguntar a su mujer (está casado y tiene una hija), pero que no habrá problemas.

Nos despedimos de la familia de Hiroko, arigato gosaimas (muchas gracias) y sayonara (esto no necesita traducción). Ella nos acompaña hasta la calle, y nos vamos en dirección a la estación de Iidabashi; de allí a Shinjuku, y luego Fucho…se dice pronto, pero es una hora de tren más o menos, las distancias y el tiempo que se tarda en llegar a los sitios son factores muy a tener en cuenta en Tokio.


Llegamos a la residencia y Elena me habla de unas tiendas que hay en le ciudad, que se llaman “Don Quijote” (he preguntado a gente pero nadie sabe el motivo de este nombre), abiertas hasta las 5 de la mañana, donde se puede comprar todo lo que puedas necesitar; y no es un decir, cuando dice que todo es TODO. Pero claro, hay que comprobarlo en persona, así que aunque estoy muerto de cansancio por llevar todo el día pululando y el jetlag del viaje, le pedimos prestada la bici a una amiga de Elena (una chica brasileña llamada Marina) y vamos a la famosa tienda que hay cerca. Al llegar allí compruebo que efectivamente, se puede comprar DE TODO: comida, bebida, ropa, menaje del hogar, cosméticos, herramientas, electrodomésticos, material de oficina, zapatillas, relojes, informática, etc. Cualquier cosa que puedas necesitar, allí lo puedes encontrar. Una visita curiosa, sin duda. Compramos algunas cosas para comer, vuelta a casa y final del día.

sábado, 24 de enero de 2009

Día 2, Martes: llegada a Tokio

Después de despertarme y ver que por suerte quedaba poco para llegar, me espero hasta que llega la comida del avión y aterrizamos en Tokio, por fin. Son las 19:00 hora local, así que ya es de noche, por lo que puedo apreciar la ausencia de puntos sin luz debido a la alta concentración de edificios.

Antes de aterrizar nos entregan una hoja para rellenar quienes fuéramos extranjeros, copiado de los norteamericanos probablemente, con preguntas del tipo: “¿Ha sido usted condenado por algún delito en su país?”; “¿Alguna vez ha sido expulsado de Japón?”; “¿Es usted portador de explosivos, armas u otros objetos peligrosos?”…dudo mucho de la efectividad de esas preguntas, pero bueno…también hay otras cosas más aceptables como las preguntas sobre cuánto tiempo tienes pensado quedarte en el país, motivo del viaje, dirección y teléfono de contacto durante tu estancia en Japón, etc.

Al bajar del avión, control de inmigración: toma de huellas, pasaporte, registro de equipaje de mano, y algo que pensé que ya no se hacía, al menos en Europa no es frecuente entre los propios europeos: el registro de la maleta. Me abren la maleta y ven que llevo varias botellas, una de vino y dos de sangría, pero las llevo en vueltas en bolsas de plástico y el policía me mira y me dice que abra las bolsas y las botellas, menos la de vino, claro…Huele el contenido, y también me hace abrir el bote de gel de baño que llevaba, lo vuelve a oler y parece que se queda tranquilo al ver que no llevo nada raro. Me pide el pasaporte, lo ojea, me pregunta (aunque ya lo había puesto en la hoja que me dieron en el avión) que cuánto tiempo quiero quedarme y motivo, y me grapa en el pasaporte una hoja de permiso del departamento de inmigración, válido para 3 meses en el país…suficiente, sólo tengo pensado estar 8 días…Al devolverme el pasaporte, sonríe y me dice “Gracias”, pero en castellano. Parece ser que en Japón hay bastante simpatía por lo español, según he estado informándome.

Ya con mi maleta y tranquilo, salgo a la zona donde la gente espera a las llegadas, y no me cuesta mucho localizar una chica rubia con un abrigo rosa…inconfundible, si hubiera sido en algún país de Europa Central habría sido más difícil, pero esto es Japón xD. Subimos al tren que nos debería llevar a casa tras varios trasbordos, pero el viaje es largo: el aeropuerto de Narita está al Este, y el pueblo donde vive Elena está al otro lado de Tokio, se llama Fuchu, pero yo me dejo llevar, estoy cansado y mis conocimientos de la línea de ferrocarriles japoneses son nulos. Hablando y hablando, nos equivocamos, o mejor dicho, se equivoca, y después de más de una hora de viaje se da cuenta de que vamos en dirección equivocada…nos bajamos del tren, y vemos a un vigilante de la estación al que le preguntamos: no habla inglés, pero aún así se presta a ayudarnos por símbolos si hace falta, e incluso hace ademán de llevarnos la maleta, pero le decimos que no hace falta. Nos acompaña hasta el andén en que debemos esperar al tren correcto, y se despide en dirección hacia donde estaba anteriormente…

Tres primeras impresiones que ya me habían comentado: uno, el precio del transporte es algo caro, porque los precios dependen del trayecto que hagas, de su longitud, y también de la compañía que lo opera, porque hay varias compañías y es algo lioso a veces; dos, Elena me comenta en el vagón que me fije en la gente, y es que según me dice hay dos posiciones principales de los viajeros japoneses en tren: con el móvil en la mano viendo videos, conectados a internet o jugando, y dormidos; y tercera cosa, la excesiva amabilidad a veces de los japoneses cuando les preguntas, pero eso ya lo comprobaría yo más adelante por cuenta propia…

Llegamos bastante tarde a su residencia, pero da igual, estoy tan cansado que no me importa, Elena prepara una cena rarísima con un sabor muy extraño, pero bueno, estamos en Japón, así que “donde fueres, haz lo que vieres”…eso implica también comer siempre con palillos, pero no me costó tanto adaptarme.

De camino a “casa” voy dándome cuenta de algunas cosas, como la limpieza de las calles y de los edificios públicos…parece una tontería, pero creo que es un indicativo importante del nivel de desarrollo de un país porque está relacionado con la capacidad empática de sus ciudadanos y con la conciencia colectiva de la sociedad, y la verdad es que se agradece. La tranquilidad que se palpa en el ambiente a pesar de tratarse de una de las mayores ciudades del mundo también es reflejo de su buena organización, a juzgar por el tráfico y por el orden de las calles no da la impresión de estar en una ciudad grande, es algo que se agradece. También me doy cuenta de que se necesita un máster para poder tirar la basura: hay como 8 tipos de contenedores para separar los residuos, por un lado tapones de botella, plásticos, papel, latas de aluminio, etc. También me comenta Elena que el precio de la luz y el agua son caros, pero me imagino que eso está relacionado con la gran cantidad de población existente y como medida para que la gente no despilfarre recursos, algo bastante frecuente por aquí.

Después de esa rara cena (creo que era "Green Curry" o algo así, pero era un sabor realmente extraño y nuevo, ni malo ni bueno, simplemente raro...), toca dormir, que al día siguiente toca turismo.

viernes, 23 de enero de 2009

Día 1, Lunes: vuelo de ida

Lunes 12 de enero; 12:30 de la mañana; estación de autobuses de Trujillo, Cáceres...
Espero al autobús que me llevará hasta Madrid para iniciar esta nueva aventurilla que me he sacado de la manga, junto a mi madre que también me acompaña para despedirse de mi. Me esperan unas 3 horas de viaje aburrido, mirando por la ventana mientras escucho el mp3 y trato de imaginarme cómo será Japón; te cuentan cosas, pero no es lo mismo, cuando lo vives te pasan cosas, y también depende de las compañías, dónde te alojas, qué haces allí, etc.

Pero al subir al bus y hacer caso omiso de el número de asiento asignado, me dirijo a la parte de atrás para estar más tranquilo y cómodo, y de repente me fijo en una chica que estaba también en la parte trasera: resulta ser una antigua conocida, una chica que estudió turismo en Cáceres y a la que yo había dejado apuntes en varias ocasiones. Así que nos ponemos a hablar y así nos tiramos todo el viaje, por lo que se me hizo corto. Le cuento que voy a Tokio, me cuenta que está en Segovia estudiando, etc. Ya llegamos a Madrid, y tomamos caminos distintos en el metro, pero al menos el viaje ha sido ameno.

En el camino hacia Barajas me encuentro con un señor mayor de aspecto extraño, que con acento canario me pregunta que si va bien para ir a Barajas. Lleva un sombrero como antiguo, una gabardina de color marfil y porta bajo el brazo lo que parece ser un cuadro, pero está envuelto en una especie de papel de embalar también color marfil por lo que no pude ver de qué se trataba. Es alto, piel morena, gafas, bigote y pelo canoso...un tio peculiar, parece despistado y sin saber por qué me da algo de lástima. Me cuenta que va hacia Las Palmas sin que yo le pregunte nada...pues mira que bien...yo le digo que allí nunca he estado, pero sí en Tenerife...

Llego y tengo que esperar algo menos de una hora para poder facturar, así que me siento y me relajo, no hay prisa; en cuanto puedo facturo la maleta, me pongo el mp3 y me doy una vueltecita por el aeropuerto. No hay mucha gente, pensé que sería peor, la verdad, pero lo prefiero así. Cuando me canso paso a la zona de embarque, localizo la puerta asignada a mi vuelo y espero mientras leo un poco.

El avión no es muy grande, hay mucha gente oriental que más tarde descubriría que iban a China, porque en París enlazarían con un vuelo hacia Shangai; mi vuelo hace escala en París, y desde ahí directo a Tokio...12 horitas de nada, se dice pronto...

Llego a París, el vuelo han sido dos horas nada más, son alrededor de las 21, y mi próximo vuelo sale a las 23, así que no tendré tiempo de aburrirme. Tenía miedo de los retrasos y esas cosas, pero fui afortunado. Al bajar del avión, mucho control por parte de la policía francesa, aunque siendo europeo tienes las cosas más fáciles; a muchos de los que venían en el avión les paran y les ponen pegas, pero no me entretengo y sigo mi camino, no es cuestión de ponerse a mirar allí como si fuera la tele. Una curiosidad, me llamó la atención ver cómo el español era utilizado para comunicarse los policías franceses con los ciudadanos chinos, en lugar de inglés u otra lengua...

Pasaporte, mochila, detectores de metal, etc, lo típico, aun que en un ambiente más policia que en Madrid, es cierto eso de que los franceses están últimamente bastante preocupados con la seguridad. No tengo problemas lógicamente para pasar los controles, jeje.

Localizo la puerta de embarque, espero escuchando música rodeado de ciudadanos orientales y algunos pocos occidentales, y pronto llega el momento de subir al avión. Este sí que es grande, un Boeing 777 con tres filas de asientos y dos pasillos, normal al tratarse un vuelo de larga distancia, claro...Me toca ventanilla, y en medio no hay nadie, así que bastante cómodo porque puedo desperdigar mis pertenencias sin problema en ambos asientos.
Al poco de montar empiezo a ver algo de tele, pues delante de cada asiento hay una pantalla para poder ver pelis, series y también se puede jugar a juegos tipo Tetris y algunos de plataformas. Veo algunos episodios de los Simpson y luego pongo Forrest Gump, pero antes de terminarla tengo que dejarlo porque estoy muy cansado, así que me duermo.

Introducción



Una vez decido hacer un blog que ahora tratará sobre mi corta pero intensa experiencia de ocho días en la ciudad de Tokio, capital de Japón (puede que haya quien no lo sepa...)

Aunque sólo han sido como digo ocho días, creo que he visitado casi todo lo que se puede ver allí, aunque me refiero a los típicos sitios turísticos, pero siempre hay cosas que hacer y que ver en una ciudad como Tokio, donde a pesar de la gran concentración de personas, el ambiente general no da esa sensación gracias a la buena organización de los transportes públicos y privados, así como por la eduación, respeto y simpatía de todos sus ciudadanos.

Sin duda alguna es una ciudad perfecta para perderse, pues basta un pequeño gesto y un "Sumimasen" (por favor) para que cualquier persona se preste a ayudarte, son muy amables, a veces incluso "demasiado" como decía Elena, pero eso te hace que te quede una sensación de bienestar y de felicidad que no se puede explicar.

Espero que sea del agrado de todos, pues solo pretendo ayudar a llenar esos ratos de tiempo libre que tenemos en determinados momentos a través de estas pequeñas historias de entretenimiento basadas en hechos reales.